Este amaros unas a otras importa mucho para que reine en la Compañía el espíritu de Santa Teresa de Jesús (DP 5)

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29/07/2014

REFLEXIONES - Nuevas experiencias, nuevos recorridos por comunidades teresianas y nueva oportunidad de que el corazón se sienta agradecido y también inquieto.
Hoy quiero compartir con vosotras algunas reflexiones, certezas y también sueños que van apareciendo sobre nuestro seguimiento a Jesús, en comunidad. En mi paso por las provincias, voy conociendo comunidades pequeñas y grandes, con hermanas jóvenes y con hermanas mayores, en periferias, en zonas rurales y en la ciudad… En todas ellas me encuentro con mujeres que vibran por el carisma teresiano, que desean cambiar la historia, abrir caminos de vida, ofrecer lo mejor que tienen en la misión confiada… En muchas me siento atraída por esa alegría tan teresiana que contagia, y por esa preocupación por la humanidad y los intereses de Jesús. En algunas siento la soledad, el desencanto de la vida común, la impotencia por recrearla, el acuerdo tácito por “mantenernos en paz” y los silencios…

Surgen preguntas al hilo de la vida: Vivir en comunidad, ¿es un arte o una “piedra de toque”? ¿Es un deber, un compromiso o un modo de ser memoria viva de Jesús que visibilizó el Reino compartiendo mesa y convocando a los que El quiso para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, a sanar y a liberar? ¿Es una cuestión práctica para realizar mejor las tareas del Reino, o es un modo de ser “con otros/as” y “para otros/as” que la experiencia de Dios va gestando en cada una de nosotras?...

Hay modelos comunitarios tradicionales que rezuman fraternidad sincera, interés mutuo, creatividad para seguir aportando vida y fidelidad, según el momento de la vida de cada hermana. Hay nuevas experiencias comunitarias interesantes que salen al paso de los retos de la misión y de la falta de personas disponibles para estar en determinados lugares. Y también hay experiencias que por falta de seguimiento y cuidado se van perdiendo o diluyendo.

Me he encontrado en las comunidades con personas que ponen en juego su libertad y optan por hacer del amor el único camino y la verdadera solución para tantas carencias y sufrimientos. En algunos espacios comunitarios se comparten sólo tareas, pero en otros, se experimenta la corresponsabilidad en el amor.

Y se me confirma por dentro que “lo nuestro” es una profecía exagerada de comunión, otro salto de confianza en un Dios Trinidad, que muestra su misterio realizando el sueño de la comunión de maneras diferentes. Nuestra opción de vida es una de ellas. El nos convoca, creemos que mora entre nosotras y que sustenta la vida cotidiana, con sus dificultades y vaivenes. Confiamos en que realiza en cada una su Promesa, y acogemos, por la fe y la esperanza,  que nos va haciendo sencillamente HERMANAS en nuestras diferencias, seres de encuentro y de comunión allí donde estemos. De nuevo, ¡obra suya! Y consentimiento por nuestra parte para que se revele su voluntad a un mundo con sed de convivencia fraterna, pacífica, solidaria… Un humilde signo que puede ser profético cuando la fe en Jesús y su Palabra nos permiten sentarnos en la misma mesa, querernos, perdonarnos, volver a confiar y recrear algo nuevo para bien de su Pueblo.

El lazo de unión y el sentido más fuerte de nuestra convocación la encontraremos siempre en el carisma y la misión compartida. “Para esto nos juntó aquí el Señor…”, repetirá continuamente Teresa, como buen líder, a sus hermanas. “La Compañía de Santa Teresa de Jesús se ha fundado para dar solución a este difícil y sublime problema: ya que somos de Jesús y todo lo que tenemos lo hemos recibido de Jesús, negociar y emplear nuestro caudal entero, pequeño o tal cual es, en lo que ha de darle mayor gloria y aumento de sus divinos intereses…”, nos recordará Enrique de Ossó.

Creo con fuerza que, para nosotras, la escucha obediente a Dios supone una respuesta agradecida, viviendo un proyecto en comunión. Me resulta iluminador decir que la obediencia religiosa significa “vivir el sueño corporativo como un sueño personal”, con la misma intensidad, con el mismo empeño, sin enfrentar ni contraponer los sueños. Esto nos introduce en una visión del sentido de pertenencia y de la identidad vocacional que relaciona íntimamente la responsabilidad del grupo –comunidad local, provincial o congregacional- y de la propia persona.

A veces, la tentación es invocar a las normas para fortalecer la identidad, pero la comunidad se fortalece cuando mantiene el contacto vital con la fuerza del anuncio para el cual nació. Y procura alimentarse constantemente de las fuentes de inspiración–la Palabra de Dios y de nuestros maestros, los documentos que expresan la evolución e interpretación del sentido carismático a lo largo de la vida de la Compañía: documentos capitulares, Constituciones, Propuesta educativa teresiana, Proyecto formativo, etc.- en diálogo permanente con la realidad actual y otras palabras de la Iglesia y de los profetas de hoy. Es fundamental cultivar el acercamiento y establecer ese contacto con nuestras raíces, con el deseo fundante que acompañó los comienzos de la vida de la STJ. Así fortalecemos el sentido de nuestra pertenencia a un Cuerpo, y también a una comunidad local que debería ser expresión concreta y encarnación contextualizada de esos deseos y sueños que hemos abrazado juntas.

El grupo debe cultivar mucho el ser comunidad de intereses, ideales y aspiraciones. Y los liderazgos deben ponerse al servicio de este cuidado por la comunión de esos sueños. Sólo así podemos reconocernos en una identidad clara y definida y hacerla nuestra. Cuando silenciamos demasiado lo que nos ha traído aquí, lo que nos une, lo que nos devuelve el sentido original de la entrega del caudal entero, el Cuerpo o la comunidad local o provincial debilita su poder de convocatoria y el atractivo sobre sus miembros.

La comunidad no puede dar por supuesto nada. Esas “fuentes de comunión” hay que traerlas a la oración, a las reuniones, a las reflexiones, y ponerlas en diálogo con los contextos en los que encarnamos el carisma teresiano. Es preciso hacer relectura y reescritura actualizadas y consensuadas de la tradición contenida en esos referentes comunes.

Por eso es bueno y necesario reforzar los marcos colectivos de la memoria: Fechas, espacios, actividades conmemorativas, monumentos, prácticas comunitarias habituales, centenarios, y tantas ocasiones para reavivar la fuerza evangelizadora de un carisma a lo largo del tiempo. No celebramos “viejas glorias”, sino que aprendemos a mirar el Reino como aquel padre de familia que siempre saca de sus armarios cosas nuevas y viejas .
¿Cómo estamos conectando hoy con la inspiración fundante que dio a luz a la Compañía y cómo llegamos a concretarla en un proyecto de misión que identifique a nuestra comunidad o Provincia por sus valores y opciones dominantes, por un modo de ser, de estar y de hacer y de relacionarnos con todo?

Antes decía que el cuidado del sentido de pertenencia y la identidad vocacional es responsabilidad del grupo y, también, de la  persona que vive en él. Supone pasar del individualismo o la indiferencia, a la capacidad de auto-trascenderse, de salir de sí misma y de los propios intereses o beneficios. Pide ampliar la mirada a un horizonte más complejo. No deberíamos estancarnos en el subrayado de una “identidad diferencial”, si nos impide establecer vínculos, desarrollar nuestro sentido de pertenencia y corresponsabilidad con el Cuerpo, o implicarnos en un proyecto común aceptado previamente por cada una.

Nuestra fe en un Dios que es comunión nos interpela cuando pretendemos vivir en esta Comunidad congregacional, provincial o local, desentendidas del bien común, situadas como víctimas o dependiendo demasiado del reconocimiento, de los protagonismos, de las viejas heridas, imponiendo nuestros criterios o permaneciendo acríticas, descargando nuestra responsabilidad, bloqueando cualquier proceso… ¿Qué imagen de Dios sustenta nuestra pertenencia y nuestra relación de obediencia a un proyecto común?

Es cierto que cada miembro del Cuerpo tiene derecho a encontrar en la comunidad lo esencial que decíamos antes, pero igualmente cierto es que cada hermana está llamada a crecer en autonomía, en una sana interdependencia, y en esa “identidad solidaria” que le permitirá vibrar con este sueño corporativo como si se tratase del propio sueño personal sin que eso nos anule. Ambos sueños se van configurando hasta encontrar ese espacio de sintonía, que permite al Cuerpo realizar su misión en fidelidad creativa y a la persona recrear el carisma poniendo en juego lo mejor de sí, aquello para lo que Dios nos ha soñado y dotado a cada una.

Sería oportuno identificar el camino de crecimiento que vamos recorriendo en este sentido y nuestra contribución para que la fuerza del sueño de Enrique de Ossó se siga recreando con el paso del tiempo. Para esto nos necesitamos todas, con el caudal entero, y empeñadas en consentir que el misterio de la fraternidad realizado entre nosotras multiplique los dones, sane las heridas y devuelva la esperanza y la alegría a nuestro corazón.

Dejo aquí estas primeras resonancias sobre nuestro seguimiento a Jesús en comunidad de discípulas, y creo que puedo decir con muchas de vosotras: “Entre las muchas gracias que debemos a Dios, no es la menor sin duda el habernos llamado a formar parte de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, con el fin de revestirnos del espíritu de celo y virtudes apostólicas que adornaban el corazón de nuestra Madre Santa Teresa de Jesús”.

Hna. Asunción Codes, STJ
Coordinadora General de la Compañía de Santa Teresa de Jesús
www.stjteresianas.org

 

 

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