Música a los oídos del Padre, di P. David Glenday, MCCJ

Imprimir

07/07/2014

REFLEXIONES - “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es msericordioso” (Lc 6,36)
En el último cuarto del siglo pasado, la Iglesia en el Reino Unido fue bendecida con un muy buen líder en la persona del cardenal Basil Hume, un monje benedictino que había sido abad de la comunidad antes de ser nombrado arzobispo de Westminster en 1976. El cardenal Hume falleció en junio de 1999 después de haberle sido diagnosticado, sólo dos meses antes, un cáncer abdominal. Aprovechó bien esos dos meses, incluso preparó su funeral: las personas que serían invitadas, la música que le gustaría, el lugar donde quería ser enterrado en su Catedral, las oraciones y lecturas para su Misa de Réquiem.

También escogió al predicador, su querido amigo el obispo John Crowley, a quien le pidió de modo particular explicara su elección del texto evangélico para la misa, un texto que podría ser considerado inusual para un funeral, la parábola del fariseo y del publicano de Lc 18, 9-14. “Cuando me nombraron abad –decía el Cardenal a su amigo- e incluso todavía más cuando llegué a ser arzobispo y cardenal, pedía a Dios: hazme un buen abad, permíteme que sea un buen obispo, concédeme ser un buen cardenal. Pero ahora que sé que muy pronto me encontraré con el Padre cara a cara, me doy cuenta de que esta oración, aunque a su manera sincera y hermosa, no es la oración que Él deseara oír de mí. No, la oración verdaderamente música para los oídos del Padre es otra, esta: Dios, ten misericordia de mí, pecador. Estas, concluyó el Cardenal, son las palabras que quiero en mis labios ahora que voy al Padre”.

Un gran descubrimiento

El cardenal Hume había hecho un gran descubrimiento. Justo al final de su vida -una vida buena y santa- había visto, había experimentado, que cuando conocemos realmente la misericordia del Padre, experimentamos la cumbre, el centro, el corazón, la obra maestra de su amor. Había llegado a reconocer que el perdón de Dios en nosotros no es simplemente un "trabajo de reparación", un correcto ajuste de lo que ha ido mal, un poner las cosas en el sitio donde estaban antes de haber pecado.

No, cuando el Padre nos perdona, nos crea de nuevo y nos rehace; hace florecer el desierto; nos conduce a una nueva y más profunda experiencia de cómo Él nos ama, de cuánto nos ama, de lo infinitamente preciosos que somos a sus ojos. La experiencia de la misericordia del Padre es siempre el lugar donde se nos ofrece la gracia del crecimiento y transformación; el lugar donde llegamos a conocer un poco más la tierna, creativa y paciente fidelidad del Padre para cada uno de nosotros. Otra manera de decir esto mismo sería: es en nuestra experiencia de la compasión y la misericordia del Padre que, aquí y ahora, llegamos a conocer el poder de la resurrección. Seguro que no es casualidad que el Exultet, el gran himno de alegría y de alabanza que la Iglesia canta en la noche de Pascua, sea una potente explosión de trompetas de júbilo de la maravillosa misericordia de Dios:

¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?
“¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!
“Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

Hecho hermoso por la misericordia

“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20): La misericordia de Dios es la misericordia de Dios - y por tanto está llena de un poder sin igual. Es de esta misericordia la que Pablo canta en el famoso pasaje de 1 Corintios 13: el amor "todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca". El amor es para siempre.

Hay una bella imagen que tal vez puede ayudarnos aquí. Un americano llegó a Japón en una visita, pero cuando abrió su equipaje, se encontró con que las vasijas de cerámica que había traído como regalo para sus amigos se habían roto durante el viaje; las echó en la papelera, pensando que ahí finalizaba la historia. Pero muy grande fue su sorpresa cuando, al final de su viaje, su anfitrión se presentó ante él con las mismas vasijas ¡reparadas con plata! Fue así que descubrió la tradición japonesa de “kintsugi”. Nos cuenta: “Estaba bastante sorprendido, había pensado que cuando las eché a la papelera era la última vez que las veía. Mr. Kanzaki sonrió, dándose cuenta de mi incredulidad, dijo: ‘¡Ahora son incluso mejores que cuando me las trajiste!’. Increíble: me devolvió las copas que le había traído de regalo... solo que ahora eran más valiosas que originariamente.
En realidad, parece que “kintsugi” en su forma más preciada es la reparación con oro, de modo que la ruptura hace la vasija más preciosa que cuando era "perfecta". Este es el milagro de la misericordia: el amor de Dios transforma nuestra experiencia de pecado y fragilidad en un nuevo más profundo y más real encuentro con Él. No hay necesidad de ocultar nuestras "grietas": ahora, de hecho, ¡son lo más hermoso en nosotros!

Yo soy una misión

Llegados a este punto, podemos decir con gran claridad: solo una profunda experiencia de la misericordia del Padre hace posible que una persona se comprometa en la misión. La misericordia es el horno donde la vasija de la misión se cuece; es la sala de máquinas donde se genera el poder de la misión; es el marcador desde el que se canta la canción de la misión.
Piensa, por ejemplo, en la llamada de Pedro en Lucas 5. Sorprendido y emocionado por el milagro de la pesca milagrosa, el pobre Pedro siente miedo y cae de rodillas ante Jesús, suplicándole: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”. Fíjate en la sorprendente respuesta de Jesús. No replica: Sí, Pedro, sé que eres un pecador, pero te perdono. No, Él dice: No temas. No tengas miedo de tus pecados (¡Jesús no niega que Pedro es verdaderamente un pecador!). No temas tu maldad, sino más bien céntrate en el poder que mi Padre misericordioso ve en ti, en los planes que mi Padre compasivo tiene para ti, en las personas a las que tu propia experiencia de la misereicordia te permitirá tocar, ayudar, guiar y sanar.

La experiencia de la misericordia de Dios es siempre una llamada; es siempre una misión. Gracias a la misericordia, podemos de alguna forma comprender y hacer realidad las hermosas palabras del Papa Francisco en su carta sobre la alegría del Evangelio: “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (EG 273).

Misión misericordiosa

La mision empieza con la misericordia, la mision proclama la misericordia; y el método de la misión es la misericordia. No creo que pudiera decirse mejor que con en estas palabras del segundo libro del Papa Benedicto XVI sobre Jesús: "Es parte del misterio de Dios actuar discretamente. Solo gradualmente va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas de renombre en la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar suavemente a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de “ver”. “Y todavía”, el Papa Francisco continua “¿no es este acaso el estilo divino? No arrollar con el poder exterior, sino dar libertad, ofrecer y suscitar amor”.

Las cursivas en esta cita son mías. Fíjate en los adverbios: Dios actúa “discretamente”, “gradualmente”, “suavemente”, “lentamente”. Son adverbios de una misión nacida de la misericordia. Y esta es la misión a la que estamos llamados, porque la experiencia de ser perdonados, cuando es auténtica, nos lleva a ser indulgentes, misericordiosos y pacientes. En nuestro propio camino, pequeño y siempre imperfecto, empezamos a reflejar, encarnar la misericordia del Padre con su suave pero irresistible poder. Y es este el único poder que, al final, renovará la faz de la tierra.

 

P. David Glenday, MCCJ
Misionero Comboniano, es actualmente el secretario general de la Unión de Superiores Generales.
Esta reflexión fue originariamente escrita para la revista WORLDMISSION, Manila.
También fue publicada en la revista “Testimoni” nº 3, marzo 2014.
Original in inglés

 

 

AddThis Social Bookmark Button
  Warning: session_write_close(): write failed: Disk quota exceeded (122) in /var/www/clients/client0/web62/web/es/libraries/joomla/session/session.php on line 529 Warning: session_write_close(): Failed to write session data (files). Please verify that the current setting of session.save_path is correct (/var/www/clients/client0/web62/tmp) in /var/www/clients/client0/web62/web/es/libraries/joomla/session/session.php on line 529