La alegría de ser religiosas

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26/05/2014

uisg logoUISG - "La alegría de ser religiosas": el tema del día 9 de mayo 2014 que nos entregó el P. Jesús Manuel

1. La fuente de la alegría plena

1.1. Dios me ama!

- La iniciativa es de Dios: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros» (1 Gv 4,10) y «Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento» (1 Cor 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio a las dificultades.

- En el centro de la vida cristiana no está el yo, sino Dios: el don precede a la tarea y a la responsabilidad. Antes de ser un mandamiento, el amor es gracia, don gratuito, que toca a todo el hombre, también su profundidad afectiva.

- El origen del proceso de fe es precisamente «la res que se impone a mi presencia» o la «percepción de una presencia». Es el nivel originador y “pasivo” de la fe: el «misterio», lo «infinito» que se insinúa en la experiencia. O bien, con palabras de Karl Rahner: «La experiencia originaria de la trascendencia previa a cualquier lenguaje, entendida como experiencia natural radicalizada hacia la inmediatez con Dios a través de la autocomunicación gratuita de Dios mismo».1

- Aún antes de que el hombre se ponga a buscar a Dios para encontrarlo, Dios mismo se pone, el primero, junto a él, lo toma a su cuidado (cf. Dt 4,7; Is 8,10; 40,27; 49,14-16). Aún más, todavía antes de que la persona tome la iniciativa frente a Dios, Dios se hace anunciar en la puerta de su corazón: «Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré junto a él y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

- Descuella así el primado de la auto-revelación divina sobre la búsqueda humana, de la gracia sobre la iniciativa del hombre, del reino que crece solo como la semilla en la tierra, duerma o vele el labrador (cf. Mc 4,26-29). Después, a partir del acontecimiento de haber sido encontrados por Él, toma vida el deseo de buscarlo: «Tú no me buscarías si no me hubieses ya encontrado».2 Con la expresión de von Balthasar: «Dios está en el yo humano como su más profunda raíz y fundamento».3

- En esta línea, la vida cristiana significa una vida consciente bajo la acción de Dios que llama de la nada, que cura y que salva. Cuando tomamos en serio esta acción de Dios, nos sentimos protegidos, seguros, sostenidos y, como consecuencia, somos capaces de actuar con generosidad y valentía: sentimos que es Dios quien actúa en él.

- Esta primera reflexión sobre la vida cristiana, contrasta fuertemente con el contexto cultural de hoy en el que se subraya mucho la realización personal, la eficiencia, las ganas de éxito y otros valores centrados en el «yo». En este clima, la experiencia “pasiva” de ser aceptado, de sentirse amado, perdonado, de gozar de un clima de benevolencia, se convierte en una experiencia a contracorriente, no descontada porque, entre otras cosas, es difícil usar algunos medios eficaces para hacerla viva: la valentía de quedar un poco solo, crear silencio y orden dentro de sí, la humildad para dejarse ayudar por alguno, buscar espacios de gratuidad… Se abre, pues, en nosotros una posible oportunidad por la que podemos realmente experimentar que la vida humana es plenamente tal sólo cuando la recibimos como regalo de los otros y del totalmente Otro. Esta realidad constituye el motivo básico de la vida cristiana.

2. ¡Yo me siento amado por Dios!

- El primer movimiento del amor de Dios (el don, la gracia) se completa con el segundo que se centra sobre todo con la acción del hombre mismo: la seguridad de que somos infinitamente amados por Dios: «Queridos, si Dios nos ha amado, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 4,11).

- Dice el doctor christianissimus Jean Gerson (1363-1429), en su obra De Mystica theologia: «Los que no hayan tenido esta experiencia interior [de Dios] no podrán saber nunca íntima y directamente qué es, igual que el que no hubiese amado nunca no podría decir con perfecto e íntimo conocimiento que es el amor; o como el que no hubiese tenido nunca alegría o tristeza no podría decir qué son esas pasiones del alma».4

- Permitidme una referencia a la vida de don Bosco. Decía el santo turinés: “no basta amar: es necesario que los jóvenes se sientan amados”. Y el evangelista Juan resume: «Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios tiene por nosotros. Dios es amor; el que está en el amor habita en Dios y Dios habita en él» (1 Jn 4,16). Quien sabe que es amado, ama. Se trata, pues, de hacernos conscientes del amor de Dios en lo concreto de nuestra vida cotidiana: «Sí, Teótimo, nada hace más presión en el corazón del hombre como el amor. Si un hombre sabe que es amado…».5

- Y Teresa de Jesús dice: «Una cosa es – dice Teresa de Jesús, en el c. 17, par. 5 del libro de la Vida, hablando de los grados de la unión con Dios – que el Señor nos da la gracia, y otra es entender qué favor y qué gracia es, y otra aún saber decir y hacer entender cómo es. Aunque parezca necesaria sólo la primera de estas tres cosas para que el alma no avance confusa y con temor, […] sin embargo es una gran ventaja y una gracia entender qué se ha recibido».6

- Esta misma realidad descrita por la santa carmelita, la toma Rahner en una maravillosa oración personal:«¿Pero qué has puesto en el alma, cuando me has creado, que yo de ti y de mí, sé solo que tú eres el eterno misterio de mi vida? Terrible misterio del hombre, que te pertenece a ti, mi Dios, que eres el incomprensible!». Y el gran teólogo alemán, queriendo mantener un coloquio con Dios, se confía no tanto a las cosas que ha podido aprender en los cursos universitarios, sino a la sabiduría del amor: «Sólo lo que se vive, se experimenta y sufre es un saber que no acaba, como una ilusión en tedio o en olvido, sino que llena el corazón con la prudente sabiduría de la experiencia amorosa… Bendita tu misericordia, oh Dios infinito: yo no tengo sólo palabras o conceptos de ti, sino que en mi experiencia, en mi vida, en mi sufrimiento te he encontrado… Tú me has prendido; no yo te he comprendido… me has introducido en la comunión de tu ser y de tu vida; te has dado a mí; a ti mismo me has dado, no sólo una pálida, lejana noticia de ti en palabras humanas. Y yo no te puedo olvidar ya, porque tú te has hecho el más íntimo centro de mi ser».7

- La narración de Rupnik: sentir la mirada amorosa de Dios sobre el proprio pecado.

- Que los jóvenes recuerden los días alegres y olviden sus días tristes… decía don Bosco.

3. ¡Porque me siento amado, amo!

El amor dado y recibido se convierte también en tarea y responsabilidad: es algo inherente al don del amor recibido. Si uno es experimenta un amor que da sentido a su vida, como puede contener esta alegría en sí mismo y no darla a los demás, nos recuerda Papa Francisco.

- Toda persona amada por Dios es feliz cuando logra situarse ante los demás como Dios se sitúa en relación con cada creatura: «misericordioso y piadoso, lento a la ira y rico de gracia y de fidelidad» (Ex 34,6).

- El don no pierde su propia identidad cuando es donado; es más la recobra y la robustece…La lógica del don es la dilatación. El bien tiende siempre a comunicarse (EG, 9). Comunicando la alegría de ser amados y perdonados, crece nuestra alegría.

- Tiene razón Papa Francisco cuando retomando el documento de Aparecida dice: «La vida se refuerza donándola y se debilita en el aislamiento».8

- Solo puede ser misionero aquél que habiendo hecho experiencia de la felicidad quiere il bien y la felicidad de los otros porque se es más feliz en el dar que en el recibir (At 20,35). No se vive mejor huyendo de los demás y refugiándonos en nuestras propias seguridades. ¡Esto es un lento suicidio!

- Debemos implicarnos más en la vida de los otros; convertimos en “prójimos” a los otros; no sólo acoger al otro, sino querer al otro.

- Quiero al otro porque es el otro. Y el otro no es sólo otro respecto de mí, es decir, el absoluta y radicalmente otro, sino también el otro de mi (Gadamer). El otro no se «añade desde fuera» a la identidad de cada uno, sino que ayuda a cimentar, a constituir y a dar sentido a la propia identidad (Ricoeur).

- La gratuidad en la relación es la medida de la desmedida, es decir, del valor incalculable del bien que sentimos, queremos y compartimos, y que cada uno encarna a su modo. El don es gratuito porque no tiene precio y no tiene precio porque su valor excede a cualquier determinación.

- Hay que orientar la propia donación hacia aquellas personas que encontramos «por casualidad» y que reconocemos como prójimos cuando los encontramos por la calle, como hizo el Samaritano con el extranjero, Francisco con el leproso… La afirmación de Jesús sobre esto es muy clara: «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? También los pecadores hacen lo mismo» (Lc 6,32).

2. Dar calidad a la relación, al encuentro

- Para encontrar a Dios, pues, no hace falta ir necesariamente a los lugares especiales impregnados de sagrado, fuera de la vida cotidiana. Encontramos al Señor ante todo en el encuentro cotidiano de quien es nuestro prójimo y al mismo tiempo nuestro semejante. Descubrimos las huellas de Dios en la vivencia de la realidad cotidiana.9

- Si la espiritualidad es un modo de vivir según el Espíritu de Jesús, tiene que tener su reflejo inmediato en la calidad de nuestras relaciones: relación con Dios y relación con los demás no se contraponen sino que conviven en perfecta armonía.

- Hay que aprender a escuchar a los demás si queremos ser escuchados por Dios; tratar a Dios en la perspectiva del hermano… (Bonhoefer, Teresa de Jesús…). “Habría que dejar a Dios, por los jóvenes”… es la exigencia incluida en el amor de Dios.

- Conviene entender bien este «Dejar a Dios por los hermanos»… Santa Teresa está describiendo una relación cordial es decir “teologal, agápica…” porque participa del Amor de Dios.

- Es querer el bien del otro, olvidándose de sí mismos. Es amar con un amor que tiene a Dios como principio y como fin. Capaz de superar preferencias o divisiones. Un amor que no abra a Dios tanto al amante como a la persona amada, es un amor que esclaviza.

- Lejos de la dimensión teologal, el amor en la relación puede degenerar en egoísmos camuflados, en regalos con facturas que hay que pagar… Cuando predomina el “yo”, disminuye el “tu”. No existe gratuidad.

- En el amor pues lo importante no es la acción sino la calidad del encuentro con la persona/Persona.10

- En el encuentro con el Otro purificamos nuestras motivaciones y encontramos respuesta a las preguntas fundamentales: ¿Quién soy yo? ¿Dónde voy? ¿Qué sentido tiene mi vida? (cf. Buenaventura, Itinerario de la mente a Dios).

- Cuando no existe calidad en el encuentro difícilmente encontraremos espacio para los demás en nuestra vida, o los buscaremos para camuflar nuestras propias exigencias.

- Ahora entendemos las afirmaciones de Papa Francisco: quiero una Iglesia “con olor a ovejas…», que no renuncia a hacer el bien aún a costa de equivocarse o de enfangarse…

- Es la misma Palabra de Dios la que viene en nuestro auxilio: «Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento» (Mt 25,40); «con la medida con que midáis se os medirá» (Mt 7,2); ; e risponde alla misericordia divina verso di noi: «Sed pues misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso (Lc 6,36).

Y todo realizado con paciencia, mucha paciencia, la paciencia de los tiempos largos… y ejercitando siempre la misericordia.11 Como dice Papa Francisco, retomando la a afirmación del beato Pedro Fabro: «El tiempo es el menajero de Dios ».

3. Algunos retos para vivir la alegría cristiana hoy

- El progreso tecnológico no ofrece respuesta a la pregunta: ¿Para qué vivir?

- Los nuevos ídolos (dictadura de la economía, exasperación del consumo…) terminan por negar la primacía de lo humano…!

- El proceso de secularización, negando la transcendencia, da lugar a la desorientación generalizada.

En este contexto cultural elenco algunos retos para la vida religiosa hoy:

3.1. Experimentar la alegría de la misión

- La vida cristiana espiritual no se puede reducir a las prácticas religiosas: lo que hacemos por los demás tiene que tener un sentido…

3.2. Purificar las motivaciones del por qué hacemos las cosas

- El problema no es de activismo, sino de saber el por qué de la acción.

- Atención al ansia de los resultados…

- Saber aceptar la falta de éxito en la vida, las contradicciones…

- Evitemos la psicología de la tumba…. Vivimos pero estamos ya muertos, momias de museo!

3.3. La alegría de ver cómo crece el grano entre la zizaña

- El mal del mundo no nos vence: es un desafío para crecer.

- Lectura creyente de la vida: ver ya el vino en el cual se puede convertir el agua…

- Discernimento: «no imitar los profetas de desventura … descubrir los planos misteriosos de Dios» (Giovanni XXIII).

- «Te basta mi gracia. La fuerza está en la debilidad» (2 Cor 12,9).

- En el desierto ver nacer la flor de la esencialidad.

3.4. La alegría de descubrir en los demás el rostro de Dios

- Acoger, apreciar, estimar, reconocer a los demás… sin resistencias interiores (escuchar de Enzo Bianchi)… y descubrir el rostro de Dios.

- La relación del encuentro con el dolor: Francisco de Asís…

- El Hijo de Dios, en el misterio de la Encarnación, nos llama a la revolución de la ternura.

3.5. La alegría de vivir una vida no sola correcta sino según el estilo de vida de Jesús

- La mundanidad espiritual: trabajar no por el interés personal sino por los intereses de Jesús… (Fil 2,21).

- Atención al mundo de las apariencias…. Donde el principal beneficiario no es el pueblo de Dios sino la Iglesia en cuanto organización.

3.6. La alegría del «venid y veréis»

- La evangelización por contagio…

- Es la vida fraterna, la vida de comunidad que contagia…

* Estos retos existen para ser superados.

Seamos realistas: sin perder la alegría, el coraje, la osadía, la vida llena de esperanza.

4. La alegría se encuentra en la unidad no en el fragmento

5. La alegría de las bienaventuranzas por el tesoro encontrado

-No prediquemos la tristeza por haber tenido que vender el campo.

- No comuniquemos las bienaventuranzas con cara de funeral.

6. La alegría de ser santos

«Permaneced en mí… para que mi alegría sea en vosotros y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,9-11).

La alegría de la santidad como autorrealización del hombre, se juega sobre el terreno del sentido que cada uno da a su vida, de la actitud que asume delante a ella. Todos deseamos estar alegres, todos queremos ser santos y poseer la vida en plenitud. Pero bien diversa es la realidad de nuestra posición concreta ante la vida, río por el que discurre la corriente de la alegría. La autorrealización sólo es posible en la alegría de la santidad. Por esto el hombre debe buscar con fuerza y obstinación ser él mismo, abrirse a los demás y dejarse llevar por el amor de Dios, uniendo en su vida creatividad, amor y adoración.

En el único relato de la plenitud de la vida se cruzan algunos caminos que facilitan la alegre realización de la vida. Elenco algunos.

En primer lugar es necesario reaccionar contra la tendencia del mínimo esfuerzo y la desconfianza en nuestras posibilidades delante de Dios. Lo más importante en la vida es encontrarse a sí mismos. Esta es la fase de laconcentración o de la alegría de ser. De las siete mansiones de Santa Teresa, conviene recordar que la primera se centra en el conocimiento de uno mismo.

En segundo lugar, es necesario reaccionar contra el egoísmo que nos lanza a cerrarnos en nosotros mismos o a reducir a los demás a la condición de objetos del proprio dominio. El único amor verdaderamente liberador va más allá de la gratificación, porque es pura gratuidad. Esta es la fase del descentramiento o de la alegría de amar.

Es el amor “teologal” que ve a Dios como principio y como fin. Amor recibido y, por tanto, capaz de superar cualquier fraccionamiento, división y particularismo.

En tercer lugar, para ser uno mismo y vivir la alegría de amar, debemos obtener la luz, la fuerza y la energía de aquel que nos trasciende y nos acompaña, del Crucificado resucitado, que es para siempre Dios con nosotros. Esta es la fase de la superconcentración o de la alegría de adorar. Como dice el cardenal Martini: «La verdadera puesta en juego está en la apertura a la transcendencia, al invisible, en la experiencia con el Transcendente, en el encuentro con el Espíritu que es Señor y da la vida y puede suscitar la novedad de Dios incluso en el corazón o en el ambiente más cerrado, pesado y esclerótico» (Tre racconti dello Spirito).

La alegría es el antídoto contra la desconfianza, el desánimo y el cansancio. La exhortación que da sentido cristiano a la vida debería ser aquella que Pablo dirige a la comunidad de Roma: «El Dios de la esperanza os llene de la alegría y la paz en la fe, para que abundéis en la esperanza por la virtud del Espíritu Santo» (Rom 15,13).

7. La Iglesia soñada por el Papa Francisco: nuestra Iglesia

- Sueño una Iglesia sencilla, simple, esencial, atrayente, verdadera, radiosa, fresca…

- Sueño una Iglesia misionera capaz de ver en cada circunstancia, aún en la más negativa, un medio eficaz para la evangelización.

- Sueño una Iglesia preocupada no tanto por la autoconservación (“siempre se ha hecho así) sino que sea valiente en la búsqueda de respuestas concretas para gente concreta.

- Sueño una Iglesia misionera que no sobrecarga el zurrón de los fieles con más pesadas doctrinas que tienen que cumplir sino que ejercita la misericordia con todos para que todos entiendan la novedad permanente del Evangelio.

- Sueño una Iglesia lejos de la rigidez autodefensiva: que se hace débil con todos (1 Cor 9,22).

- Sueño una Iglesia con las puertas abiertas, para que todos puedan sentirse en casa.

- Sueño una Iglesia capaz de escuchar y de compadecer.

- Sueño una Iglesia instrumento de liberación para los pobres…

- Sueño una Iglesia abierta a la acción del Espíritu.

- Sueño una Iglesia que, a imitación de María, cree en la fuerza revolucionaria de la ternura y del afecto.

1 Cf. K. Rahner, Il problema dell’esperienza della trascendenza dal punto di vista della dogmatica cattolica, in Id., Visioni e profezie, Milano, Vita e Pensiero, 1995, 146.

2 «Tu enim prior excitasti me ut quaererem te» (Imitazione di Cristo III, 21, 22). «Consolati, tu non mi cercheresti se non mi avessi trovato» (B. Pascal, Pensieri, Brunschvicg, 553; «Il mistero di Jesús» in B. Pascal, Pensieri e altri scritti di e su Pascal, Cinisello Balsamo, Paoline, 81986, 311). Cf. L. van Hecke, Le désir de Dieu dans l’expérience religieuse: L’homme réunifié. Relecture de Saint Bernard, «Recherches morales. Sinthèses 15», Paris, Cerf, 1990.

3 H.U. von Balthasar, La oración contemplativa, Madrid, Cristiandad, 1985, 16.

4 J. Gerson, Teologia Mistica, traduzión dal latino, saggio introduttivo, apparati e commento di M. Vannini, Cinisello Balsamo, Paoline, 1992, 65-67.

5 Francesco di Sales, Trattato dell’amore di Dio, VII, 8.

6 Teresa d’Avila, Libro della Vita, 17,5, in Id., Opere complete, Milano, San Paolo, 22000, 77-470, qui 207-208.

7 K. Rahner, Tu sei il silenzio: meditazioni teologiche, Brescia, Queriniana, 51969, 32.

8 V Conferenza Generale dell’Episcopato Latino-americano e dei Caraibi, Documento di Aparecida, 31 maggio 2007, 360.

9 «Calare la mistica nella realtà quotidiana» è la preoccupazione degli autori del recente volume: J.M. GARCIA (ed.), Mistici nello e contemporaneità, Roma, LAS, 2014.

10 Papa Francesco ci invita a non dimenticare l’esortazione di Benedetto XVI: «All’inizio dell’essere cristiano non c’è una decisione etica o una grande idea, bensì l’incontro con un avvenimento, con una Persona, che dà alla vita un nuovo orizzonte e, con ciò, la direzione decisiva» (Benedetto XVI, Lett. enc. Deus caritas est (25 dicembre 2005), 1: AAS 98 (2006), 217).

11 (Summa Theologiae, II-II, q. 30, art. 4. Cfr ibid., q. 30, art. 4, ad 1).

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