Busquemos a Dios en comunidad

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TESTIMONIOS - Amelia Kawaji, Superiora general de las Mercedarias Misioneras de Bérriz acaba de dejarnos. Su vida nos evoca el ejemplo de una religiosa del siglo XXI: una persona de síntesis. Sus primeros años de vida religiosa los pasó en Japón, ese hecho cambió su vida.

Supo reconocer, enseguida, la gran unidad de todos los que buscan el bien. Amelia es ya un legado interesante para su congregación y para todos los consagrados. Hizo realidad la riqueza la interculturalidad y la "missio inter gentes". En marzo de 2007 la revista "Vida Religiosa" publicaba una entrevista que hoy está llena de interés.

"BUSQUEMOS A DIOS EN COMUNIDAD, MUY CERCA DE LOS EXCLUIDOS"

Amelia Kawaji nació en Bilbao, estudió en el colegio de las Mercedarias Misioneras de Bérriz e ingresó en la congregación. Fue enviada a Japón siendo juniora. En su nueva tierra estudió sociología, teología y psicología, trabajó primero en colegios y después con personas afectadas de problemas psiquiátricos y con dificultades para la integración social. Ahora, sigue siendo misionera en Roma, prestando el servicio de animación y gobierno. El pasado mes de octubre fue beatificada Margarita López de Maturana, fundadora de su congregación; en medio del gozo de este evento, hemos querido compartir con ella un poco de historia y un mucho de vida.

¿Cómo es la congregación de las Mercedarias Misioneras?
Somos una congregación nueva y antigua, una vieja y joven rama del tronco mercedario. En nuestro origen está un pequeño beaterio mercedario de Bérriz (Vizcaya - España) fundado en 1554. A principios del siglo XX, la M. Margarita López de Maturana lo transforma en monasterio misionero, llenando de novedad el convento centenario. Hoy somos unas quinientas hermanas, distribuidas por todo el mundo; estamos bastante extendidas y tenemos hermanas nativas de todos los países donde estamos, lo que permite una gran inculturación.

¿Qué anhelos, proyectos, dificultades tiene hoy la congregación?
Estamos viviendo un momento bonito. Somos una congregación sin grandes instituciones, cosa que es buena y mala. Con todo, trabajamos mucho con proyectos concretos y así desarrollamos nuestro carisma mercedario liberador. El capítulo general del 2002, en su documento Convocadas, nos animaba a ser mujeres de Dios y signos de merced en nuestro mundo de hoy. Asimismo, hemos vivido un camino de profundización en la espiritualidad de nuestra fundadora en vistas a su beatificación.
Desde el 2005, nuestro Instituto ha hecho conscientemente una opción por la no violencia, la paz y la reconciliación. El fenómeno de la violencia está tristemente presente en todas las partes del mundo, y tomar conciencia de su alcance se convierte en una prioridad. Estamos trabajando este tema en todas nuestras casas: cada comunidad y cada país tienen su proyecto con matices específicos y con diferentes campos de acción: educativos, comunitarios, personales, vitales, sociales, etc... No es lo mismo el Congo que Japón, donde se está intentando rehacer el ejército y el rearme japonés puede tener graves consecuencias en Asia. Desgraciadamente no estamos ante un fenómeno localizado.

Su historia es muy interesante, pues pasaron de ser un convento de clausura papal a transformarse en una congregación misionera. ¿Qué motivó este cambio?
Éramos un convento de clausura papal ‘serio’, con las rejas correspondientes, que tenía un colegio internado para niñas. No había una ilusión misionera especial, hasta que en 1919 pasaron dos misioneros destinados a China y a India para dar unas conferencias a las internas. Las chicas del colegio y la madre Margarita, encargada del internado, se interesaron por ellos y mantuvieron vivo el contacto epistolar. Poco a poco la idea y el interés de la misión entusiasmó a las internas: y, casi sin querer, el entusiasmo del colegio pasó al convento.

¿Qué papel desempeñó la madre Margarita Maturana en este proceso?
Atenta a la voz del Espíritu en ella y en las internas, la M. Margarita impulsó dentro de la comunidad una relectura revitalizadora del carisma mercedario de redención de cautivos. ¿Cómo reactualizar la redención de cautivos? En el contexto de la misionología del momento, entendieron que los nuevos cautivos eran aquellos que desconocían a Jesucristo y de ahí nació lo que la M. Margarita llamó un ‘anhelo irresistible de hacernos misioneras’, para salvar a muchos de la cautividad del desconocimiento de Jesús. Era una transformación enraizada en lo mercedario: fidelidad creativa, por tanto.

¿Cómo vivió este paso la comunidad? ¿Hubo unanimidad, tensiones? ¿Qué pasó?
Fue impresionante porque la madre Margarita no era la comendadora, sino la encargada del colegio. La superiora quedó en segundo plano pero tuvo capacidad para entender y acoger la llamada que el Espíritu estaba haciendo, y apoyó en todo momento la intuición. Fue una gran mujer. La comunidad, por otra parte, estuvo siempre informada y hubo mucho diálogo. Y así se intentó la transformación que, siguiendo un plan supervisado por la Santa Sede, tuvo dos pasos fundamentales: la aceptación de un compromiso misionero, con una fundación en China y, posteriormente, una votación secreta donde participaron las 94 hermanas. Todas dijeron sí. Unanimidad completa: Dios llevó nuestro cambio de su mano. Los mayores problemas fueron económicos pero se solucionaron. La gente también se extrañaba de que tuviéramos proyectos tan ambiciosos siendo tan poca cosa, pero todo se arregló.

¿Se perdió espiritualidad con este cambio?
En absoluto, no se perdió espiritualidad. El mismo Santo Padre al darnos la bendición nos dijo que ganaríamos en espíritu y en vocaciones y así fue. Ciertamente hubo transformaciones a todos los niveles: dejamos de ser un convento de clausura pero mantuvimos el oficio divino completo; y todavía lo tenemos con una flexibilidad, adecuada a la misión que llevamos a cabo. Madre Margarita tenía gran estima por la contemplación y nosotras nunca la hemos perdido. El aspecto de la redención, propiamente mercedario, se repensó desde el sentido profundo de la misión. En este momento, desde mi experiencia de Japón yo lo expresaría así: ¿cómo liberar al hombre de sus esclavitudes, cómo humanizarlo? ¿Cómo llegar a hacer que una persona sea más humana, sabiendo que en esa humanidad se esconde el mismo Dios?

¿Cómo cree que se situaría Margarita Maturana ante la vida consagrada de hoy?
Tenía dos grandes cualidades: era extraordinariamente humana y era una contemplativa nata; por eso supo hacer de su vida una búsqueda de Dios, y Él le fue mostrando el camino. Hoy se situaría de una manera semejante: buscando lo trascendente, el misterio, y estando junto a la gente que sufre por causa de las esclavitudes de hoy: en este primer mundo, por ejemplo, emigrantes, enfermos de sida, mujeres maltratadas.

Hemos hablado de la historia, acerquémonos un poco a su experiencia vital y eclesial. Usted ha vivido 36 años en Japón, incluso tiene un nombre japonés. ¿Qué ha aprendido en un país minoritariamente cristiano?
Treinta y seis años, sí, y volvería a empezar ahora mismo. Un país no cristiano me ha ayudado a relativizar cosas que yo consideraba imprescindibles, pero que quizá no lo son tanto. Al dar el salto, te encuentras con otras religiones, cosa que hace casi cuarenta años llamaba la atención más que hoy. Descubres que esas religiones tienen unos valores extraordinarios que te enseñan mucho; te encuentras sobre todo con gente, con personas que no saben lo que es el cristianismo pero llevan una vida ejemplar. Descubres un mundo diferente. Te dejas sorprender por otra espiritualidad, que acentúa aspectos diferentes: respeta más los ritmos internos, los silencios, establece otra relación con las cosas, la naturaleza. Para mí todo esto supuso y sigue suponiendo un enriquecimiento enorme en todos los sentidos.

Vivimos en un mundo de identidades excluyentes. ¿Cómo vivió usted el proceso de dejar su tierra y adquirir una nueva?
Sí, cambié de tierra. Llegué allí, todo me parecía diferente; lógicamente, me costó acomodarme, pero una vez hecho el esfuerzo todo cambió: percibí la maravilla de la escritura en caracteres, la riqueza de la cultura, el modo de hablar y ser de la gente, la belleza de la tierra. No, no he tenido la sensación de perder, me nacionalicé japonesa sin hacerme ningún problema: una misionera es una mujer sin tierra pero de todas las tierras. No se pierde nada, se adquiere un nuevo país, un nuevo nombre, como en mi caso, y con ellos una gran riqueza.

¿Qué lecciones podemos aprender de la Iglesia y de la vida consagrada en Asia?
Asia es muy grande. La Iglesia y la vida consagrada asiáticas tienen muchos rostros y estilos, que obedecen a los caracteres, las necesidades y la historia de cada país. Filipinas, por ejemplo, con más tradición cristiana, se parece poco a Corea o Japón y puede resultar más familiar a un cristiano europeo. India tiene una espiritualidad propia y natural. Pero, en conjunto, sí se puede decir que Asia tiene una impronta particular que lleva consigo una espiritualidad propia: más silencio, más contemplación, más ser uno con la naturaleza, menos individualismo. Esta sería una gran aportación.
Oriente puede aportar también un elemento crítico, porque la cultura cristiana se ha identificado a menudo con el mundo occidental y hay muchas cosas accesorias que se han asumido como propias. Oriente nos ayuda a relativizar y a descubrir mejor el rostro universal del cristianismo.

Hay quien dice que en Europa el cristianismo tiene un rostro doctrinal y en otros lugares, un rostro de caridad. ¿Apoyaría usted esta expresión?
No entro en dogmas, ni tampoco en clasificaciones, lo importante para todos es referirnos a Jesús de Nazaret. Siguiendo al Maestro, aquí en Europa habría que desnudarse de muchas cosas, de suyo lo estamos haciendo y nos están obligando a ello. Hay cosas que han desaparecido: algunas, como los jóvenes en las iglesias, para desgracia nuestra; otras, por el contrario, para nuestro bien. Todavía nos quedan muchas cosas de las que desprendernos.
Sobre la caridad: en Asia, en algunos países, la caridad de los consagrados ciertamente es vista y admirada como una nota netamente cristiana, ya que se ejerce una enorme labor humanitaria, caritativa; en otros países, el cristianismo toca a la gente desde los valores que propone, también profundamente humanos y universales. El hecho de vivir en un contexto distinto, lejano y sin una larga tradición cristiana otorga gran libertad y permite una enorme creatividad. La evangelización tiene que ser diferente, el acercamiento a la gente exige una gran capacidad de escucha y nunca puede ser impositivo.

¿Resulta atrayente la vida consagrada para los jóvenes de Japón? ¿Por qué cree que aquí no tenemos atractivo?
A veces hemos identificado la vida religiosa con lo que hacemos, no con lo que somos. Aquí hemos hecho muchas cosas, nos hemos identificado con nuestras tareas (colegio, hospital, misiones, barrio pobre…). Los jóvenes dicen que eso lo pueden hacer sin necesidad de ser religiosos. El gran reto es identificarnos con y por lo que somos, no con y por lo que hacemos. En Japón eso es más fácil, porque nuestro ser como tal es muy diferente. Yo aquí reconozco que, como otros muchos religiosos, no veo soluciones fáciles ni rápidas; pero veo claro que tenemos que preguntarnos lo siguiente: ¿qué buscan los jóvenes de hoy?, ¿qué es significativo para ellos?

Una pregunta así está en el origen de las Mercedarias Misioneras de Bérriz, porque escuchar la repercusión de las palabras de los misioneros en las jóvenes del internado cambió del todo la comunidad…
Sí, insisto, hay que preguntar a la gente, escucharla, seguir buscando y esperar... Si estamos con los ojos abiertos, encontraremos una respuesta, no me cabe duda. No tenemos ni todos los métodos ni todas las respuestas, pero hay situaciones que nos van dando pistas por donde seguir caminando: pienso en la degradación ecológica, la pérdida del sentido, la globalización, las multitudes pobres y emigrantes del llamado Tercer Mundo.
Tengo presentes a esos que son muchos pero cuentan menos y necesitan puntos de referencia. De suyo, dentro de nuestras comunidades nos están llegando muchas voces de las gentes de los países pobres y tenemos el gran reto de adquirir el rostro del país donde estamos. Esta escucha interna es importante, es enriquecedora y, a medio y largo plazo, nos abre a un futuro muy distinto. Practicarla, mientras buscamos a Dios en comunidad, nos entrenará para buscar un mundo nuevo y liberar a las personas de todas sus esclavitudes.

Finalmente, ¿qué pediría a los religiosos, especialmente a los que están en proceso de formación?
Hoy todo el mundo pregunta por el futuro, a mí no me asusta, cada día tiene su afán y hay que vivir el hoy desde Dios. Sea cual sea el futuro, para responder a esta pregunta insistiría en dos cosas: primero la búsqueda de la trascendencia, como una característica nuestra que es necesario mantener hasta el final; y, segundo, la comunidad, como ayuda, acompañamiento humano y lugar de espiritualidad. La búsqueda de Dios en solitario nunca es tan rica como en comunidad. En síntesis, buscar a Dios en comunidad, estando muy cerca de los excluidos. Los esclavizados nos van a dar vida y nos van a ayudar a mantener la búsqueda.

 

www.vidareligiosa.es

Publicado: 18/11/2011

 

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