Los rostros del Domund

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Muy a su pesar. Es la segunda vez que ha tenido que dejar Sudán –donde sirve como misionero desde hace tres años– debido a una enfermedad que en nuestro país ya es historia: la tuberculosis.

El año pasado, cuando trabajaba en una parroquia de la periferia de Wau, los bacilos de Koch le jugaron una mala pasada que le obligaron a venir a tratarse a España. A los pocos meses volvió a Jartum, impulsado por la mejora de su salud, pero también –según confiesa– “por algo de miedo a perder el visado”, que el Gobierno sudanés concede con cuentagotas. Poco después, tuvo una recaída seria que le hizo volver a tomar el avión de regreso a Madrid.

Ahora, en la casa provincial de los misioneros combonianos, este sacerdote de 37 años, que parece no perder nunca la calma, sigue pacientemente el tratamiento mientras ocupa su tiempo libre en preparar un libro en árabe sobre el cristianismo en la Nubia medieval, labor que realiza junto con un historiador musulmán y otro copto, con quienes se comunica por Internet: “Los libros de historia que estudian los niños en Sudán empiezan con la llegada del islam, ignorando totalmente que desde el siglo VI hubo reinos cristianos importantes en esta zona de África”, explica con el interés de quien se ha sumergido en un tema que le absorbe.
Al mismo tiempo, solo piensa en volver con su querida gente de la parroquia de Omdurmán, la ciudad de casi tres millones de almas situada al otro lado del lugar donde se juntan el Nilo Blanco y el Nilo Azul a su paso por la capital sudanesa, y donde malviven numerosos cristianos negros como ciudadanos de segunda.

‘Así os envío yo’
Pocos días antes de este encuentro, también en Madrid, la hermana Gema Castillo, de las Mercedarias de Bérriz, de 45 años, está a punto de coger el avión para incorporarse a su nuevo destino, en un colegio de México. Ella trabajó anteriormente en la República Democrática del Congo, donde combinaba su labor docente con la dirección de una casa de acogida para niños abandonados. “En ellos descubrí a Dios”, afirma con convicción, al mismo tiempo que señala que lo más le impresionó fue “el contraste entre lo rico en recursos que es el país y la miseria que ves por todas partes, y que a pesar de todo no despoja a la gente de la alegría que muestran siempre”.

Durante los últimos años trabajó en un centro de inmigrantes de Vitoria, donde daba clases de español y apoyo escolar a niños de familias procedentes de otros países. Ahora abre un nuevo capítulo en su vida misionera y asegura que va a realizar su nuevo servicio misionero en México “con mucha ilusión, sabiendo que es una realidad muy distinta a la del Congo, y que sería inútil empezar a comparar”.
Jorge Naranjo y Gema Castillo son parte de los alrededor de 14.000 misioneros españoles que, como nuevos Abrahames o pescadores del mar de Galilea, un día dejaron sus redes, su casa, su familia y su patria para ir a vivir a tierras lejanas con personas de otras culturas a las que anunciar el Evangelio.

Para apoyarlos a todos, la Iglesia española celebra cada año, el penúltimo domingo de octubre, el día del Domund, una jornada de gran arraigo social que despierta simpatías incluso entre personas que, en otras circunstancias, tendrían pocas inclinaciones a favor de la Iglesia. El lema de la campaña de este año es Así os envío yo, una cita del Evangelio de san Juan que recuerda la identidad de la misión: el hecho de no ir por propia iniciativa, sino por una vocación que les impulsa a anunciar el Evangelio, y, con frecuencia, en lugares del mundo que tienen más necesidad de una buena noticia, como son los enclavados en regiones donde escasea la dignidad de la persona y abundan el hambre, la injusticia, la enfermedad, la ignorancia y los conflictos.

Ser enviado no es fácil, y más si se toma como una vocación para toda la vida. Significa dejar el propio país y el círculo de familiares y amigos que nos hacen sentirnos seguros. Quien se compromete con la vida misionera tiene, a menudo, que dedicar tiempo y energías a aprender una o varias lenguas, esforzarse por entender una cultura distinta de la propia y adaptarse a modos de vida con otros ritmos, realidades sociales duras y escasez de medios. Para entrar en este proceso, que suele llevar muchos años, hay que tener paciencia, capacidad de escucha, humildad y, sobre todo, fe. Se viven mil dificultades, pero también una gran alegría, que los misioneros transmiten y que los hace tan atractivos en una sociedad tan marcada por el pesimismo de la crisis como es la nuestra.

Por lo menos eso se deduce cuando se leen testimonios como el de Marcos Delgado, un misionero burgalés de la Sociedad de Misiones Africanas, con varias décadas de trabajo a sus espaldas en Benín: “Acabo de volver de visitar la comunidad de Hesuwe, a 49 kilómetros, y después de estar una hora atrapados en el barro, un grupo de una veintena de personas nos recibió a la entrada del pueblo. Los cristianos nos acompañaban en medio de cánticos y al son del tamtan. A mí se me ponía la carne de gallina al ver la alegría de la gente”, dice el misionero en una carta circular escrita el 1 de octubre.

El padre Delgado es de los que llevan varios años utilizando Internet para comunicarse regularmente con cientos de sus amigos que le apoyan en sus tareas, entre las que destaca un proyecto de huertos comunitarios para mujeres y un internado de primaria para 120 niñas de su parroquia rural, de la que el misionero habla con orgullo: “El lunes empiezan los cursos y las niñas dispondrán de nuevos y preciosos edificios…”.

Matrimonios misioneros
Pero quienes parten como misioneros no son solo sacerdotes, hermanos y religiosas. Durante los últimos años, cientos de laicos han sentido también la llamada a ser enviados y han partido para otros continentes. Este es el caso, por ejemplo, de Antonio García Hernández y Ana Dolores Cruz, un matrimonio de Jaén, ambos de 45 años de edad. De 1992 a 1995 vivieron en la zona andina de Ecuador, una región muy deprimida donde trabajaron en la formación de catequistas.

En 2001, los dos volvieron, esta vez a la diócesis de Manabí, en la costa: “Allí trabajamos en un hogar de acogida para niños y niñas cuyas madres estaban en la cárcel, y donde llegaban también muchas adolescentes víctimas de abusos que se habían quedado embarazadas”, cuenta Antonio. Ana trabajaba también en la cárcel con grupos de mujeres. Ambos insisten en su identidad misionera: “No fuimos allí a hacer proyectos, sino para evangelizar y acompañar a personas que viven en situaciones duras y de violencia y llevarles el amor de Dios”.

Antonio y Ana pertenecen a OCASHA, una asociación católica de misioneros laicos fundada en 1957 y que, actualmente, tiene a ocho de sus miembros en países como Bolivia, Brasil, Etiopía y República Dominicana, más otros cuatro que se preparan en un curso intensivo de teología antes de ser asignados a sus misiones. La vida de exigencia que llevan adelante tal vez explique el porqué de su bajo número.

Antonio cuenta que en Ecuador cobraban 200 dólares al mes, “menos que el salario básico, que está en 250, pero era lo único que la diócesis podía pagarnos”, aclara. Después de regresar de Ecuador el año pasado, ambos se apuntaron al paro y todavía no tienen la perspectiva de un trabajo fijo, algo que a cualquier español de pie le asusta, pero que a ellos parece no amedrentarlos: “En la misión hemos aprendido que se puede ser felices sin tener nada y aprendiendo a compartir”. No es esa la única lección que Antonio y Ana asimilaron durante aquellos años: de Ecuador volvieron con tres niños adoptados, uno de los cuales –de ocho años– sufre parálisis cerebral, dolencia para la que recibe terapia intensiva en España.

El origen de la vocación
OCASHA es una de las asociaciones laicas misioneras de más arraigo en España. Otros misioneros seglares pertenecen a movimientos ligados a congregaciones religiosas, como es el caso de los Misioneros de la Consolata y los Combonianos, o bien a movimientos eclesiales como los neocatecumenales o los focolares.
Pero ya se trate de laicos, religiosos o sacerdotes diocesanos, en el origen de todo misionero hay una vocación que quien la ha vivido ve como una suma de eventos ordinarios en los que entra un elemento espiritual, a menudo misterioso y fascinante.

Gema Castillo describe así su experiencia: “Cuando era joven, participaba en los grupos juveniles de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en Madrid, y siempre me atrajo la vida misionera: ir fuera y compartir la vida con personas de otras culturas. Cuando tenía 19 años, entré en las mercedarias. Quería repetir en mi vida la experiencia de Jesús de Nazaret, con su cercanía cariñosa con los más pequeños y pobres, y su absoluta libertad”.

En el caso de Jorge Naranjo, fue determinante una experiencia de unos meses en una parroquia muy pobre de Perú, donde trabajó durante un verano: “Yo estudiaba Físicas en la universidad y, al regresar cada noche, me preguntaba: ‘Señor, ¿qué quieres de mí?’. Y me quedaba dormido con una gran paz. Un día, en el tablón de la facultad, entre anuncios de alquiler de habitaciones y fiestas de fin de semana, vi una invitación a un cursillo vocacional de los combonianos, pero eran cinco días y pensé que era mucho tiempo. Cuando volví a mi casa, mi padre me pasó la revista Mundo Negro, que acababa de llegar, y vi el mismo anuncio. Al día siguiente fui a la parroquia y me encontré con lo mismo…Pensé que aquello no podía ser una mera casualidad y sentí con una claridad meridiana que Dios me llamaba. Aquello fue en 1997. Fui al encuentro vocacional y, a los pocos meses, entré en el postulantado, con 22 años. Nunca fui tan feliz en mi vida”.

Muy parecida es la experiencia de Ernesto Valencia, un joven malagueño de 19 años que, actualmente, sigue el segundo año de formación en el postulantado de los combonianos en Granada: “Estudié en un colegio religioso y siempre me impresionó el testimonio de los misioneros que venían a hablarnos durante la campaña del Domund”, explica. “Cuando terminé la catequesis de Confirmación en mi parroquia estaba a punto de entrar en la universidad y tuve que decidir qué camino tomaría en mi vida. Empecé Teología mientras inicié un discernimiento vocacional. Al final, sentí que Dios me venció y me decidí a dar este paso”.

Un paso que 14.000 españoles dieron un día de su vida y del que no se arrepienten. “La vida misionera es un regalo”, concluye la hermana Gema Castillo. “Al final, recibes mucho, sobre todo, la fe que te enseña la gente con la que vives”. Ana Dolores Cruz lo corrobora con una de las experiencias que la marcaron más durante sus años en Ecuador: “Una de las mujeres con las que trabajaba en la cárcel salió al cabo de cuatro años. No tenía trabajo, y con el poco dinero de que disponía, nos compró pescado para todos los niños. Nunca he visto tanta generosidad como la que te encuentras con la gente más pobre”.

 

www.vidanueva.es

Publicado: 19/10/2011

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