Experiencia misionera de Fray Marius-Petru Bîlha, OFMConv

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16/10/2015

TESTIMONIOS - Cuando uno abre el corazón a Dios, ¡Él hace maravillas!¡Es bello ver y experimentar esto! Es una experiencia que transforma el corazón. ¡Grande es el amor de Dios! Así describiría lo que viví en una tierra de misión este año, allá en Corozal, en la costa Caribe de Colombia: una tierra calurosa, de gente cálida, acogedora y alegre, que necesita mucho de Dios. Aquí los frailes tienen unas actividades muy significativas, di periferia, lejos de las grandes ciudades y en medio de los pobres: el apostolado en la parroquia Santa Clara de Asís con sus diez corregimientos, y las obras sociales del comedor (que ofrece el almuerzo a unos 130 niños y a unos 35 ancianos), el refuerzo escolar (para 50 niños) y el apadrinamiento (50 muchachos y jóvenes). No puede no chocar el impacto con las periferias de la ciudad donde está la parroquia y con los pueblos de alrededor por la fuerte discrepancia de la situación social y religiosa.

Los cinco meses trascurridas allá fueron para mí una experiencia muy intensa, hermosa, profunda, fuerte y, a veces, dura: un verdadero desafío que podría resumir en dos palabras, evangelización y misericordia.

Cuando hablo de evangelización y pienso en Corozal, me viene a la mente la parábola del sembrador. En Corozal hay una realidad pastoral en la que se encuentra todo tipo de terreno: el de la ignorancia y la indiferencia, el de la superficialidad y la falta de perseverancia, el del desaliento y la falta de compromiso; pero también allá se encuentra la buena tierra de la sed y del hambre de Dios, de las ganas de conocerlo siempre más y de dejarse cambiar y guiar por su Palabra.

Salir por los pueblos y llevar la Palabra de Dios, ayudar a la gente a encontrar a Dios para que lo dejen entrar en sus vidas y comprometerse con El, y así crecer en la fe, ha sido para mí una invitación y una provocación continuas a confiar en la fuerza de la Palabra. Por eso, la Palabra tenía que ser sembrada con gratuidad, sin acomodaciones u omisiones de la verdad, sin quitar algo de su carga incisiva y exigente. Fue en un pueblito (en el que más particularmente trabajé durante este período) donde he podido caminar con la Palabra en las calles, tocar a las puertas, encontrar a las personas en la sencillez y pobreza de sus hogares – en medio de sus preocupaciones cotidianas – para llevar la presencia, la cercanía y la bendición de Dios de una manera explícita. Fue muy interesante darme cuenta que mientras más directa eran mis palabras a ellos, por fidelidad a la Palabra, en la denuncia de un estilo de vida poco evangélico o de una fe un dormida, más la gente me quería, y más se dejaba provocar y cambiar por Dios. Claro, Dios sabe cómo actuar mejor su obra de amor. Y cuando uno abre el corazón a Dios, Él hace cosas maravillosas. Jamás hay que desanimarse o perder la esperanza. Hay que salir a sembrar sin buscar perjudicar a otro, suspendiendo el juicio y confiando en Dios, arriesgándose por su Palabra, respetando sus tiempos.

He aprendido que el evangelizador tiene que ser sencillo y tener un corazón enamorado, grande y libre. Esforzándome en escuchar la realidad de la gente, sus preguntas explícitas o indirectas, y al entrar en sus corazones en nombre de Dios, he tenido que relativizar dentro de mí unos esquemas culturales, teológicos, litúrgicos que podían dificultar el encuentro con la gracia de aquellas personas. Después de todo, lo que es esencial es tener un corazón enamorado de Dios y comunicar a los demás la alegría y la belleza de ser habitado por El.  Todo esto junto a uno estilo de cercanía y de sencillez en la evangelización contagia de entusiasmo, abre los corazones, estimula la conversión y da libertad.
“Sembrar” significa también suscitar procesos y acompañar la gente hacia la madurez cristiana, para que fructifiquen. Se trata de una acción pastoral que tiene que ser paciente, comprometida, constante y confiada, apoyada en una relación viva y cotidiana con Dios. ¡De seguro que la comunidad de los frailes de ese lugar sabrá vivir con sabiduría y entrega esa dinámica apostólica!

¡Eterna es la misericordia de Dios y abraza a todos, sobre todo a los más necesitados! Y en Corozal tiene un rostro concreto, sobre todo en las significativas obras sociales y en la pastoral de periferias. 

Abraza a los niños y muchachos pobres, que provienen de situaciones familiares difíciles, que gracias a la generosidad de muchas personas y al cuidado atento y gratuito de los frailes, del personal de servicio e de los voluntarios (y que a veces no tiene la respuesta a medida) pueden gozar del calor de un abrazo, tener algo para comer y beneficiar de un consistente apoyo escolar y educacional para poder vivir y crecer de manera más humana, más sana, con más posibilidades para construirse un futuro mejor.   

Abraza a los ancianos que viven situaciones precarias y de solitud y que siempre aquí, a la mesa de la misericordia, pueden tener un plato de comida rica e gozar de una cariñosa y bella compañía.
Mi presencia sencilla e mi pequeño servicio ha sido una buena ocasión para ejercitarme en el poner el corazón dentro de estas situaciones y infundir alegría y esperanza.

Abraza a los enfermos y a todos los que sufren llevando alivio y aliento atraves del servicio de misericordia de la pastoral de la salud. Cada martes que íbamos a visitarlos nos llenaba y fortalecía espiritualmente con sus sentidas confianza y serenidad, con el fuerte sentido de abandono en las manos de Dios.  

Ha sido muy hermoso y conmovedor llevar su misericordia y ternura, ayudando a las personas para que se dejen abrazar por Él, sobretodo en el sacramento de la confesión. Llevaba una gran inquietud en mi alma de postor por la no asistencia de los fieles a la confesión. Hacia fatiga creer y aceptar que simplemente era un hecho cultural; la viví como un urgente desafío pastoral. La vida cristiana y la misma Eucaristía que esta al centro, tiene sentido y fuerza vital dentro este gran abrazo misericordioso de Dios, que es vivido y celebrado. La misericordia tiene que ser el estilo y la fuerza de todo proceso de evangelización. He anunciado y cantado el amor y la misericordia de Dios, haciendo a menudo referencia a la importancia del sacramento de la reconciliación y dando tiempo y oportunidad a los fieles para vivirlo. Fue sorprendente la respuesta de la gente, que necesitaba esta caricia sanadora, salvífica y sacramental de Dios.

Ser instrumento del amor y de la misericordia de Dios fue la experiencia que más me dio alegría espiritual y que más marco mi andar por estas tierras: una experiencia muy profunda que se quedará en el silencio de mi corazón orante e intercesor.

La carga de alegría interior que me llevo, junto al cariño sincero y sentido de la gente, y a su sed y hambre de Dios, me hace decir con más convención: Corozal ¡fácil de llegar, difícil de olvidar! Pongo en las manos y en el corazón de Dios las vidas de todas las personas que he encontrado. Que sea Él a guiar sus pasos con la luz de su Palabra y a llenar sus vidas de su ternura y misericordia. ¡Que Dios los siga bendiciendo! ¡Mil gracias a los frailes y a mis amigos costeños! ¡Un fuerte abrazo!

 

Fray Marius-Petru Bîlha, OFMConv

 

 

 

 

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