Chile - Una experiencia de encuentro con Cristo

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03/10/2014
 
miniatuTESTIMONIOS - Me encontraba en México, en un tiempo de formación permanente y renovación con otra hermana. Las dos de camino a un curso, encontramos a un indigente durmiendo en la calle entre ropa y cartones sucios, en condiciones inhumanas, junto al muro de una casa. Comenté con ella mi reflexión, cómo todos andamos muy apurados por la calle sin mirar las caras, ni saludar a las personas que encontramos. Volviendo por ahí otro día desearía encontrarlo despierto, y buscar una ayuda material para él.
 
Tres días después en las noticias del Vaticano leí las palabras del Papa Francisco que llamaron mi atención: “Si alguien quiere saber quién es Cristo, que pregunte a los teólogos, pero si alguien quiere encontrar a Cristo, que salga a la calle y lo encuentre en el pobre”.
 

Estas palabras seguían resonando en mi corazón y venía a mi memoria el recuerdo del indigente encontrado en la calle. Por la tarde antes de salir de casa, bajé a la capilla a orar. Le conté a Jesús cómo hasta ahora buscaba un encuentro con Dios en las capillas o iglesias; en varias ocasiones ofrecía una ayuda a los pobres, pero esta vez me costaba y me preguntaba: 'Cómo encontrar SU PRESENCIA EN ESTE POBRE sucio y de mal olor que me producía asco y rechazo? Pedí a Jesús: “Señor, ayúdame a superar mis limitaciones y regálame hoy un verdadero encuentro contigo en este indigente”. Esta vez se trataba de un encuentro personal y concreto que tocaba todo mi ser.

 
En el camino y con sorpresa, me encontré con él despierto y ese día ya no olía mal. Me llamó la atención su hermosa sonrisa de oreja a oreja y al preguntarle su nombre, dijo: “Me llamo Arturo”. Al sonreír se veía una persona simpática y amigable. Sentí de inmediato que este hombre, que llamaba mi atención por su aspecto exterior, en el contacto con su ser interior, inmediatamente empezó a ser más cercano. Yo ya tenía una nueva manera de mirarlo y percibirlo, como respuesta de Dios a mi oración y de recibir la gracia de una mirada de fe. Primero me encontré con una persona concreta, con nombre y apellido, con su historia de vida. Me alegré por su confianza y por dejarme entrar en su historia pasada y actual muy conmovedora. Me contó la razón de vivir en la calle desde varios años y sobre la problemática de su familia: a la muerte de su esposa, no podía seguir pagando la renta de la casa, faltaba espacio en casa de sus familiares y de ahí la decisión de vivir en la calle para no molestar a nadie. Le ofrecí unas galletas, pero no las aceptó por ser diabético, sólo agradeció y me prometió traer a mi Cdad. un macetero con una planta que le iban a pasar de un vivero.
 
Me pareció un buen ejemplo de coherencia entre su alimentación y su salud, a pesar de su pobreza. Primero pensé que iba a poder saber cómo ayudarle en sus necesidades materiales, y acercando su vida a Dios, ayudarle a sanar sus heridas espirituales. Sin embargo, este ser solitario y abandonado a sus 83 años, sin hogar, descuidado, a pesar de sus múltiples carencias tenía hambre de algo mucho más que de pan. Él también es una persona, una criatura e hijo de Dios. Quería que lo llamara por su nombre, conversara y me interesara por él. Además pude descubrir, que a pesar de todas sus miserias, no tenía rabia ni reproche a otros por su situación. Le ofrecí mi ayuda para encontrar un hogar, pero Arturo lo agradeció y explicó sus razones de no poder aceptar ir a un hogar: “Estoy bien aquí en la calle, esta es mi casa con gente conocida que pasa y aquí tengo mi trabajo de cuidado de autos por las noches, por lo que me dan algunas monedas”. Lo invité a venir a nuestra casa al día siguiente, porque iba a cocinar y ofrecerle un almuerzo caliente. Aceptó y me prometió traer una planta. Al regresar a casa compartí mi experiencia con la Comunidad.
 
Llegó Arturo trayendo una planta grande en un hermoso macetero, pero lo trajo en una caja con un alambre arrastrando y sin ruedas, lo que no fue fácil para él. Además me entregó una lámina con ángeles y un pequeño crucifijo que encontró en la calle entre las cosas que botó alguna persona. Arturo, verdaderamente disfrutaba de poder regalármelo y yo nunca voy a olvidar esta escena de su sencilla felicidad, pero grande en generosidad.
 
Este, mi hermano pobre, me ha dado mucho más de lo que él ha podido recibir de mí. No me pidió cosa alguna, me regaló una sonrisa, confianza y una lección de solidaridad con los demás. Al entregarle el almuerzo caliente e invitarlo a que lo consumiera allí mismo, amablemente lo agradeció y mirándome de forma diferente, me dijo: “Gracias, pero lo llevaré para compartir con mis dos compañeros que también viven en la calle, porque cada uno de los tres trata de conseguir algo para comer y lo juntamos para compartirlo”. En ese momento pude darme cuenta y percibir la presencia de Cristo que, a través de Arturo, ha enriquecido mi vida, la ha redimido en muchos aspectos y le ha dado un nuevo sentido. Además la oración me ayudó a descubrir a Cristo, no solamente bajo su rostro pobre sino que CRISTO SE HIZO PRESENTE PARA LOS DOS: para él, a través de mí y para mí a través del pobre, más allá de lo que hasta ahora sabía, creía o vivía.
 
Entre otras reflexiones, pensé: 'Cómo amar a Cristo en éste y en otros pobres? Quería ayudar a Arturo y durante mi estadía en la casa de retiro, estuve rezando por él para que Dios lo cuidara. Después de varios días me contó que un médico amigo, le ayudó a curar su pierna enferma y una señora le empezó a dejar una bolsa con alimentos cada vez que salía a hacer las compras. Realmente Dios estuvo allí cuidando a Arturo a través de mucha gente solidaria.
 
Se acercaba el día de mi regreso y estuve algo preocupada por no poder hacer nada más por Arturo, porque se acercaba el invierno y deseaba conseguir algunas frazadas para abrigarlo. Me fui de México, confiando en que la oración a distancia iba a poder generar mucha solidaridad a través de otras personas y Dios iba a seguir cuidando de él.

Pocos días después de mi regreso a Chile, fui invitada a trabajar en un colegio católico en la pastoral solidaria, con los alumnos delegados de pastoral, para llevar casi 180 frazadas a los más necesitados. Llegamos con esta ayuda a varios hogares de ancianos, de los cuales un 70% habían sido abandonados. Además pudimos entregar dos frazadas a Alejandro, un pobre que vive en la calle u hogar, pero que viene a nuestra casa a comer.
 
Los pobres están en todas partes y Cristo está en ellos, espera que salgamos a su encuentro, como Él mismo viene a nuestro encuentro y deja que veamos su rostro a través de los pobres, sus templos vivos. El Papa Francisco desde su propia experiencia con los pobres, confirma que tienen mucho que enseñarnos y es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos: “Estamos llamados a descubrir en ellos a Cristo, y también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (Evangelii Gaudium, IV,198).
 
Brygida Koeppen, fmm
 
Fuente: FMM
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