Un experiencia siempre en construcción

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ROMA - En los cien años de presencia de los Misioneros Claretianos en la iglesia de S. Lucia del Gonfalone en Roma, ha habido muchos momentos de colaboración con los laicos. Todos han sido posibles por la total implicación de los Misioneros y de su activa presencia. Los primeros pasos de colaboración han visto junto a nuestros hermanos coadjutores, a los “celadores” y “las celadoras” de S. Lucía. Un número notable de simples porteros de los palacios romanos de los primeros años del novecientos o de personas amigas o de quienes habían recibido una gracia en los ojos, han contribuido al conocimiento de la iglesia de S. Lucía y de la actividad de los Misioneros en la ciudad de Roma.

Otro momento vivido ha sido el de la Archicofradía del Corazón Inmaculado de María. La presencia de los laicos contribuyó de modo decisivo a difundir la devoción mariana de manera que cada familia aprendiese de María la virtud de una vida familiar conforme a la voluntad de Dios. Muchas han sido las familias consagradas al Corazón Inmaculado de María, fieles a la práctica de los primeros sábados de mes. Han sido años de una fervorosa colaboración guiada por los Misioneros.

El “salto adelante” del Concilio Vaticano II ha contribuido a tomar más conciencia, tanto a los misioneros como a los laicos, que la Iglesia se entiende como “Pueblo de Dios”, “comunidad”, “cuerpo”. Siguieron momentos de dificultad con los colaboradores que iban disminuyendo progresivamente, y no había recambio generacional. Sobre todo era diverso el escenario de la Iglesia y de su Magisterio que llamaba a los laicos a ser protagonistas de la vida de la misma iglesia. A medida que se avanzaba en esta toma de conciencia de comunión y participación, se daba vida a nuevas formas de colaboración. Oportunamente hoy hablamos de misión compartida.

Como atraídos por una común exigencia y por una nueva conciencia, algunos que frecuentan nuestra comunidad eclesial han sentido la necesidad de compartir su preparación cultural. Así se iniciaron los “Diálogos en la cripta”. Se trata de Encuentros de expertos que pretenden poner al servicio de la comunidad su preparación y su propia competencia para hacerla crecer. De los Diálogos se han publicado diversos volúmenes en español y polaco.

En el centro histórico de la ciudad hay varias galerías de arte. Con Arnaldo Romani Brizzi y Massimo Caggiano  y diversos pintores hemos sentido la necesidad de acercar al hombre contemporáneo a la pintura interpretando temas religiosos en clave moderna. Particularmente intensas han sido las muestras sobre el “hijo pródigo”, “el Buen Samaritano”, “Job” y “el Cantar de los Cantares”. En el interior de la iglesia se han colocado cinco nuevas telas (nuevos lienzos): el Beato Piergiorgio Frassati de Carlo Bertocci; el Seminario Mártir, de Stefania Fabrizi; S. Antonio Maria Claret que recibe el don de la Eucaristía, que recuerda a quien sale de la iglesia después de la misa que también él es un sagrario, de Franco Giletta; el pequeño rey: María que corona al hijo Jesús, de John Kirby, S. Teresa Benedicta de la Cruz, de Anna Keen.

Lo mismo se ha verificado con la música. Queriendo educar a la comunida en la alabanza a Dios a través de la música, con los músicos que vienen a la comunidad, hemos ideado reseñas de coros y de música de órgano llamadas “Alabad a Dios con arte”.

Desde el tiempo de la publicación del Proyecto “Palabra Misión” de la Congregación y a continuación de la experiencia realizada en nuestra comunidad, se ha formado un grupo de personas que han querido conocer mejor la Palabra de Dios. Con Franco Giacobini y Angela Goodwin, conjuntamente con la Iglesia Evangélica Valdense de la Plaza Cavour de Roma, y la Sociedad bíblica italiana nos hemos preguntado cómo hacer conocer más la Biblia. Durante cinco años hemos recorrido todo el texto bíblico de la primera a la última palabra. Podemos decir que ha sido verdaderamente una gracia. Las breves introducciones del pastor de Plaza Cavour o del Rector de S. Lucía del Gonfalone, para situar el texto que se iba a leer, las preciosas veladas con expertos bíblicos católicos y valdenses, a los que se presentaban preguntas al hilo de la lectura. Además, una ficha de profundización que acompañaba la lectura personal, nos ha hecho amar el “extraordinario bosque bíblico” como frecuentemente nos ha dicho el profesor Jean Louis Ska SJ.

Hemos “gustado y visto qué bueno es el Señor”. También hemos apreciado los textos más ásperos y monótonos, los hemos sentido como algo precioso. La Palabra leída juntos en voz alta nos ha hecho temblar. La hemos visto como fuego, la hemos escuchado como un martillo, la hemos experimentado como un árido desierto y una ansiada pasión. En realidad durante la lectura nos hemos sentido nosotros leídos por esta Palabra. Nos hemos descubierto distraídos y replegados en nosotros mismos. Los ruidos ensordecedores de nuestras jornadas se han aplacado por la Palabra de Dios. Los insoportables silencios llenos de la presencia de Aquel que ha caminado misteriosamente con nosotros. Como a los discípulos de Emaús, nos hemos sentido interrogados: “¿De qué estabais discutiendo por el camino?” (Lc 24,17).

La experiencia de la escucha de estos cinco años nos ha hecho revivir la situación de los dos discípulos en aquel extraordinario atardecer. Escuchando juntos la Palabra nos hemos adentrado siempre más en ese bosque bíblico. Cuando llegamos al Evangelio ha sido como si Jesús mismo nos explicase todos los pasos precedentes: “Jesús explicó a los dos discípulos los pasos de la Biblia que se referían a él. Comenzó de los libros de Moisés hasta los escritos de todos los profetas” (Lc 24,27). El itinerario de la lectura no es otro que el itinerario del discípulos. La Palabra descuidada, escondida o “extirpada” de la vida y de la cultura irrumpe en la existencia de quien escucha con fe; lo aleja de la superficialidad, de la banalidad, de la vaciedad, de la vulgaridad y de la fealdad. Sólo el retorno a aquella Fuente podrá dar al hombre una “sacudida de moralidad” que le indique la ruta, el sentido de la vida, que lo interpele sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falto, sobre el ser y sobre el morir (Gianfranco Ravasi). Se ha editado un DVD que en la grabación nos ha hecho revivir la particular y original lectura de Franco Giacobini y Angela Goodwin.

El contacto con la Biblia, el recorrido de Palabra Misión y la celebración de la eucaristía dominical han hecho madurar la atención a los pobres del Centro histórico. Sobre todo hemos sentido la necesidad de escucharles y de compartir con ellos la comida dominical. Sentándonos a la mesa e invitando a aquellos que no pueden corresponderte, experimentamos la gratuidad evangélica. Lo llamamos la comida de Carmelo, porque uno de nuestras amigos, entre los más entusiasmados y decididos, el Señor lo ha llamado a Sí. Nos ha transmitido sin embargo su entusiasmo y su determinación. Hoy somos tres grupos: el primero formado fundamentalmente por personas del barrio, el segundo por ex scout del Grupo Roma XIII y el tercero formado por sus hijos y otros jóvenes. Tres domingos al mes invitamos a 90/100 personas a la mesa. Hemos constatado que sin duda es positivo dar una comida, pero lo más urgente es la convivencia. El compartir. En fin, hay necesidad de relaciones auténticas, no menos que de macarrones.

No ocultamos en efecto que es más fácil financiar, preparar, servir que ser comensales. Sólo poco a poco el comensal ve crecer la confianza, la amistad, la esperanza. Es verdad, como ocurre a los discípulos de Emaús que en el partir el pan se “re-conoce”. Tantas pequeñas historias de ayuda y de servicio nacen en un clima de convivencia y de compartir. La animación musical, durante la comida o al final, contribuye a crear un clima de fiesta. Con los talentos y las capacidades de tantos se puede vivir un día distinto. Estando juntos en la mesa, no sólo una vez, caen prejuicios, lugares comunes. Se supera el encasillamiento fácil del otro en un único esquema.

Para tantos de nosotros este deseo, o mejor esta necesidad de servicio, ha nacido como fruto de la celebración dominical y de la lectura de la Biblia. La escucha de la Palabra y el Pan eucarístico tienen una fuerza divina en si mismas que llevan al servicio. Plasmados por la Palabra y el Pan, sirviendo a Dios en los pobres llegamos a ser un nuevo pueblo.

Algunos de nosotros no tienen motivaciones religiosas y somos felices de caminar juntos. Ninguno de nosotros esconde que lo hacemos es poco, muy poco. Tres domingos al mes. En torno a trescientas comidas al mes. Digamos la verdad: ¡es realmente nada! Pero cada domingo nos contamos una parábola. La parábola del compartir y del convivir. Hemos visto que estando en la mesa no sólo se establece una nueva relación fraterna y de compartir, sino que se experimenta el servicio como elemento constitutivo del Evangelio. Cada uno contribuye como puede: quien prepara, quien cocina, quien sirve, quien contribuye económicamente. Son muchos los modos con los que la comunidad se siente partícipe del servicio a los pobres. En torno a la Palabra y al Pan eucarístico verdaderamente crece el nuevo pueblo de la comunión, del servicio y de la participación.

Sabemos ciertamente que estamos lejos del ser “un solo corazón y un alma sola”, como dice Lucas cuando describe la primitiva comunidad cristiana. Pero estamos entusiasmados de estar al menos en camino. Se trata desde luego de un proyecto siempre abierto.


P. Franco Incampo CMF
Traducción: José F. Valderrábano CMF

http://www.claret.org

Publicado: 18/06/2013

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