Más allá de las diferencias

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TESTIMONIOS - Desierto, guerra, ruinas, velos, ropajes raros y, sobre todo, camellos es lo que se viene a la mente de algunos cuando se hace mención de Israel. Después de haber vivido en Jerusalén por cuatro meses y de haber conocido una buena parte de esta región, puedo decir que varias de esas ideas pre-concebidas de la cultura oriental distan mucho de la “realidad real”. Ciudades como Jerusalén y Belén, aunque conservan una buena parte de la arquitectura de antaño, son verdaderos espacios cosmopolitas.

Para muchos será decepcionante encontrar que la gente tiene vestimentas iguales a las que usamos en occidente o que el principal medio de transporte no es el camello; y se aliviará especialmente al ver que la amenaza terrorista no es otra cosa que sensacionalismo mediático. De hecho es algo similar a la idea que tienen algunos europeos: en Colombia, y en gran parte de América Latina, toda la población viste con “taparrabos” y habita en los árboles, en una incivilizada armonía con la naturaleza. Ambos imaginarios son igualmente indignantes y risibles, pues la realidad es mucho más amplia.

De esta tierra palestino-israelí habrá que resaltar un elemento muy peculiar: es el lugar de encuentro de las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, islam y cristianismo. Jerusalén, por ejemplo, es un importante lugar de peregrinación para los tres credos, es “La ciudad santa”. No es raro, pues, encontrar gente de todo el mundo en este pequeño rincón; de hecho los comerciantes pueden parafrasear expresiones en numerosos idiomas.

Sin embargo, contrario a lo que uno pudiera pensar, esta tierra no conoce la paz. Cada religión reclama potestad sobre una porción, y este afán desemboca en una constante disputa. Y eso es precisamente lo más escandaloso de todo: si se supone que estas religiones buscan la paz, predican la misericordia divina, ¿por qué son objeto de guerra y enemistad? Aquí nadie parece tener la voluntad de ceder, eso es impensable; de manera que ser diferente no es una riqueza sino un mal, y este mal se va transmitiendo casi genéticamente, de generación en generación.

Pues bien, aquí también La Salle está presente, en medio de esta particular condición religiosa, alimentada por la compleja situación geopolítica de país y del conflicto arabo-israelí – temas tabú en una conversación ordinaria –. Los lasallistas nos encontramos en Belén, con un colegio y una importante Universidad; en Jerusalén, con colegio que posee dos sedes; y en Tel Aviv-Yafo, con uno de los colegios más antiguos. En todas nuestras obras conviven cristianos de todas las denominaciones (ortodoxos, griegos-católicos, maronitas, armenios…) y musulmanes. Y solo en el colegio de Jaffa (Tel Aviv-Yafo) estudian, además, judíos.

Así, esta realidad variopinta, multicultural, plurirreligiosa, se hace también presente en nuestras escuelas, donde todos son también lasallistas. Este sentimiento de una fe diversa, de una fraternidad sin límites y de la tan anhelada justicia, hace que las diferencias se desvanezcan. Nuestras escuelas son verdaderos semilleros de una sociedad incluyente, frente a una realidad donde la diferencia es sinónimo de enfrentamiento y no de riqueza.

En una reciente visita a nuestro colegio en Jaffa tuve la oportunidad de entrevistar a algunos profesores y estudiantes. Es increíble cómo ellos relativizan las diferencias de credo y de pensamiento, tanto maestros como alumnos aman su colegio y no lo cambiarían. Aunque no todos sean católicos, como estamos acostumbrados en nuestro país, viven con pasión los principios lasallistas.

Pero fue el relato de una de las jóvenes judías el que más me impactó: Durante una de las festividades propias de su religión, fuera de la escuela, se hicieron presentes varios de sus compañeros de estudio, musulmanes y cristianos. En medio del compartir se acercó un extraño y llamó a uno de los presentes, ambos eran musulmanes. En un espacio un poco apartado, el extraño reprendió al joven porque se juntaba con judíos, y más aún en una de sus fiestas. La joven judía, quien se dio cuenta de lo sucedido, escuchó claramente cuando su camarada la defendía e invitaba al otro individuo, inútilmente, a entrar en razón. Todavía me parece increíble ese relato: ¿Un musulmán defendiendo a una judía? Para quienes conocemos el contexto, es algo de ensueño. Pero es real.

En este sentido, la presencia lasallista ha permitido, a través de nuestras obras educativas, la siembra de semillas de paz. Nuestra misión, intuida por San Juan Bautista de La Salle y los primeros Hermanos hace más de 300 años, no es otra cosa que la construcción de una sociedad diferente a través de la democratización del conocimiento y del establecimiento de las bases para una vida digna para todas y todos. Definitivamente, ¡tenemos derecho a soñar un mundo diferente! Y si aquí, en medio de una sociedad tan dispar y conflictiva es posible, ¿cuánto más no lo será en nuestro país?


Hno. Daniel Niño

http://www.lasalle.org

Publicado: 18/03/2013

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