Ecología y pobreza

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JPIC - "Durante las últimas décadas se han tratado las cuestiones de ecología y de pobreza por separado, pero es evidente que cuando una compañía causa un deterioro medioambiental que daña la salud de pueblos enteros, estamos ante una cuestión de derechos humanos”, dice con convicción José Ignacio García Jiménez.

Como buen jesuita, este hombre, que une investigación y activismo, sabe casar la altura intelectual con la humildad y la cercanía. Teólogo y economista de gran rigor, desde hace cuatro años es director del Centro Social Jesuita Europeo, delegado de la Conferencia de Provinciales de Europa en temática social y coordina la red de incidencia en ecología de la Compañía de Jesús.

Recientemente participó en el IX Foro de Trabajo Social que organizó la Universidad Pontifica Comillas en Cantoblanco (Madrid). Allí habló de Pobreza y medio ambiente, destacando que el modelo de desarrollo impuesto tras la Segunda Guerra Mundial (basado en la industrialización, la urbanización y el aumento del consumo) es hoy muy cuestionado.
Dentro del gran trabajo de lobbying que realiza desde Bruselas, el centro que dirige aboga por un cambio en la legislación europea para que haya más transparencia en los contratos de las compañías mineras o agrícolas en países empobrecidos.

 

- ¿Qué conexión hay entre pobreza y medio ambiente en nuestros días?
- Hablamos de tres fenómenos: en primer lugar, de la apropiación de los recursos naturales en países pobres, como sus bosques o sus minerales. Las compañías que hacen esto, a menudo ocupan territorios, desplazan poblaciones, contaminan suelos y aguas e imponen condiciones de trabajo en régimen de semiesclavitud, generando empleos de muy baja calidad. Hablamos también del acaparamiento de tierras, algo que se da entre poblaciones que, o no tienen títulos de propiedad, o si los tienen, se les ponen tantos obstáculos que al final se les desposee de sus tierras. Yo conozco sobre todo el caso de la India con los dálits, la casta de los intocables, en el que los jesuitas se han implicado para que la gente pueda defender legalmente su derecho a permanecer en sus territorios. Finalmente, hablamos de los desastres naturales, algo que va en aumento por el cambio climático y para lo que hay que ayudar a la gente más vulnerable a prepararse, porque no es lo mismo un tifón en los Estados Unidos y en Japón, que en Centroamérica o en Mozambique.


- ¿Está el medio ambiente más en peligro que hace cincuenta años?
- Sin duda, sobre todo por el cambio climático. Estamos pagando las consecuencias de haber hecho un uso muy intensivo de los recursos naturales y de haber abusado de una industrialización masiva que causa emisiones de gases, los cuales se acumulan en la atmósfera y originan el famoso efecto invernadero, que hace que aumente la temperatura media del planeta. La acción humana ha hecho que hoy estemos mucho peor. La tecnología nos ha ayudado mucho, pero también está detrás de la situación en la que nos encontramos. No podemos esperarlo todo de la tecnología.


- ¿Qué soluciones hay para afrontar el cambio climático?
- Hay dos caminos. El primero es la mitigación, que pasaría por reducir los gases, pero tanto el Protocolo de Kyoto como el de Copenhague, que deberían haber ayudado a afrontar el problema, han fracasado. También deberíamos saber adaptarnos a la nueva situación, en la que, nos guste o no, habrá mayores impactos de fenómenos naturales como sequías e inundaciones.


- ¿Presta la Iglesia suficiente atención a la defensa del medio ambiente?
- Hasta hace relativamente poco, no mucha, pero hace algunos años empezaron a surgir voces del Magisterio que afrontan este problema con seriedad, y a nivel teológico se está desarrollando mucho la Teología de la Creación y otras ecoteologías. Juan Pablo II, que habló de la necesidad de una “conversión ecológica”, dijo cosas importantes sobre este tema. Y en el discurso de Benedicto XVI al Cuerpo Diplomático, en enero pasado, hay un párrafo impecable sobre la conexión entre deterioro medioambiental y pobreza. Si hablamos de principios, los tenemos. En cuanto a las acciones, aún nos falta mucho camino por recorrer y, a menudo, la Iglesia es reflejo de la sociedad en la que vive. Por ejemplo, la Iglesia que en Europa es más sensible a este tema es la de Alemania, cuya sociedad ha sido pionera por lo que a preocupaciones medioambientales se refiere.


- ¿Qué le llevó a implicarse personalmente en estos temas?
- Durante diez años fui profesor en la Escuela de Ingeniería Técnica Agrícola de Valladolid, donde empecé a prestar atención a temas ecológicos. Durante los años que llevo en Bruselas he entrado en contacto con muchos jesuitas que se han implicado a fondo en este campo en lugares del mundo dominados por la pobreza y, actualmente, en mis tareas de dirección de Centro Social Jesuita Europeo, me ocupo mucho de la sensibilización en este campo. Publicamos un boletín electrónico llamado Ecojesuit –en español y en inglés– que coordinamos desde Bruselas y Manila. También hacemos mucho trabajo de incidencia pública, tratando de influir en las personas que toman decisiones importantes en el Parlamento Europeo y en otras instituciones internacionales, y trabajando en red con otras organizaciones de defensa del medio ambiente.
Toda esta experiencia me ha enseñado, entre otras cosas, que los religiosos tenemos la tentación de vivir a menudo el tema medioambiental como pequeños burgueses que se preocupan por la defensa de los bosques. Por eso, la conexión entre ecología y pobreza nos hace vivir nuestra identidad como consagrados con voto de pobreza, algo que incluye la defensa de los derechos de los pobres.


- Usted trabajó en Malawi con el Servicio Jesuita al Refugiado. Hoy se empieza a hablar de los refugiados medioambientales…

- Así es. Uno de los peores efectos del cambio climático es que unos 40 millones de personas en el mundo se han visto obligadas a abandonar sus hogares por sequías prolongadas, desastres ecológicos, ocupación de sus tierras o porque se acaba el pescado de los mares y ríos donde durante generaciones encontraban su medio de subsistencia. Los refugiados medioambientales existen y son muchos millones, pero no tienen un reconocimiento oficial en el derecho internacional, y deberían tenerlo.


Semillas transgénicas


- Uno de los temas ecológicos más polémicos es el de las semillas transgénicas…
- Es un tema en el que no hay unanimidad ni en la ciencia ni en la sociedad. Por ejemplo, Europa no las autoriza, mientras que los Estados Unidos las producen de forma masiva. La dificultad más importante de este tipo de semillas está en que son unas pocas empresas las que fabrican estos organismos y generan una gran dependencia comercial, porque el campesino que las compra no puede obtener semillas nuevas con su cosecha. Y, aunque esta tecnología ha superado muchos filtros en años recientes, la verdad es que hay poca capacidad pública para hacer controles tecnológicos. Además, es muy arriesgado poner un asunto tan importante como la seguridad alimentaria en manos de grandes empresas.
En el seno de la Iglesia hay cada vez más sensibilidad hacia este tema. El cardenal Peter Turkson [presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz] es muy crítico con la modificación genética de las semillas. Y recuerdo que hace unos años, el Gobierno de Zambia consultó sobre este asunto al Centro de Reflexión Teológica de Zambia, dirigido por el jesuita Peter Henriot, y, tras leer el informe negativo que este centro preparó, decidió decir “no” a la oferta de los Estados Unidos de introducirlas en el país.

 

www.vidanueva.es

Publicado: 17/04/2012

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