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Salud... y Enfermedad

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Recientemente en el «British Medical Journal» un grupo de trabajo holandés coordinado por Machteld Huber dio un paso adelante con una propuesta  interesante: que por “salud” ya no se entienda el «pleno bienestar psicofísico y social»— como reza la definición de la Organización mundial de la salud— sino  «la capacidad de adaptarse y de autogestionarse». Interesante la primera parte de esta definición, que subraya que la salud es la capacidad de afrontar la propia condición, de controlarla y gestionarla, sin que esto implique una utópica perfección; la actual definición de salud, de hecho, excluye que las personas con enfermedades crónicas se sientan “con salud” aunque logren convivir con su mal. Menos aceptable es la segunda parte de la definición que da Huber, porque vuelve a subrayar el binomio salud-autonomía, mientras que no es justo negar que un anciano dependiente de los demás para varias necesidades o un discapacitado no totalmente autónomo puedan sentirse  “sanos”.

En suma, prosigue la confusión sobre lo que constituye la enfermedad, y muchos se sienten enfermos  (o al menos no sanos) aunque no lo estén y, arrollados por el peso de la publicidad, buscan remedios a supuestos defectos puramente estéticos. En esta confusión se acaba por no dar la justa prioridad a las enfermedades graves, y se consideran como normales las condiciones endémicas que afligen a pueblos enteros, como la malaria o la tuberculosis, y se responde al drama olvidado de las enfermedades genéticas raras con la falsa prevención que es el aborto o el diagnóstico preimplantación que, en vez de prevenir la enfermedad, descartan al enfermo ya concebido y vivo.

La Jornada mundial del enfermo nos recuerda, sin embargo, que no sólo existe la enfermedad sino también los enfermos. Sí, porque, en la sociedad competitiva, quien no está a la altura de los demás resulta invisible. Los medios de comunicación hablan muy poco de enfermedad. Y los enfermos existen, pero quedan en la penumbra. Los sitios de las asociaciones para discapacitados promueven muchas iniciativas e innovaciones, pero nadie habla de ellas. El discapacitado es invisible para los medios de comunicación, precisamente como el discapacitado mental es invisible para el sistema sanitario, porque los médicos ya son cada vez menos capaces de tratar con quien no sabe expresarse y no es autónomo  («The Lancet», agosto de 2008). Además, en estos días de crisis —como denuncia la asociación inglesa Mencap que ha lanzado la compaña  «No nos dejéis fuera»— se corre el peligro de que quien tiene menos visibilidad y fuerza sufra las principales repercusiones de los cortes que los distintos países se ven obligados a hacer en sus presupuestos. Esto sería inaceptable: un país es civil si primero piensa en los más débiles.

Esta Jornada nos obliga, por último, a pensar que en la sociedad occidental hay una nueva enfermedad: el deseo enfermo.  Es una especie de pérdida del gusto de las cosas, debido a la pérdida de los diques de los deseos, y a la presión de mensajes que invitan a satisfacer los caprichos para poder vender algo. Los psiquiatras franceses Marc Valleur y Jean-Claude Matysiak, en el libro Le desir malade sostienen que hace cien años satisfacer ciertos deseos parecía una conquista de libertad,  pero hoy se ha convertido en una aburrida banalidad. «Y esto es un problema» escriben. «Es el mismo deseo el que ha enfermado, dado que nos hemos acostumbrado a toda satisfacción. Tal vez hoy se sufre menos de eliminación del deseo, pero la histeria ha sido sustituida por otras dos enfermedades: la depresión, que sufren quienes no tienen ya la energía para defender, en la competición por el placer, su parte del botín; y la dependencia» de los juegos de azar y de las diversas sustancias de abuso.

El deseo enfermo, lleno de necesidades inexistentes, ya no deja ver las verdaderas, ni siquiera las propias. Es una epidemia, que deja a la deriva, en el tedio puro, a quien no sabe ya qué pedir y por qué luchar. Y hace cerrar los ojos a las necesidades verdaderas, a la enfermedad y al enfermo: desgracia de un siglo que en cambio tendría fuerzas para curar más o, si no para curar, al menos para cuidar ciertamente de todos.

 


Carlo Bellieni

www.osservatoreromano.va

Publicado: 10/02/2012

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