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Narrar a Dios y su Mesías

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ESPIRITUALIDAD - Que la narración esté en el corazón de nuestra fe no se lo debe enseñar a los niños, al menos a los que están expuestos a la fuerza de las historias bíblicas. El escritor Paul Claudel recuerda cómo la historia y la imagen de la melena de Absalón (2 Sam 14–18) se quedaron grabadas en su memoria de niño, desde las primeras lecciones de catecismo.

Es una realidad que no escapa ni siquiera a los sabios, en especial a Pascal, que siempre llevaba cosida una pequeña inscripción: “Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, no de los filósofos y de los eruditos, certeza certeza, paz y consuelo. No se lo encuentra sino por los caminos enseñados por el Evangelio”. Dios y su Mesías, el filósofo lo había entendido, salen a nuestro encuentro a través de una historia contada, tanto la de los patriarcas como la del Evangelio.

Y hoy a nosotros, quizá, se nos pide redescubrir la verdad en cuestión, que no escapa ni a los niños ni a los sabios; a nosotros, quizá, se nos pide “releer” el Salmo 78 y sacar todas las consecuencias de su apertura:

Voy a abrir mi boa a las sentencias
para que broten los enigmas del pasado
Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
no lo ocultaremos a sus hijos,
lo contaremos a la futura generación:
las alabanzas del Señor, su poder,
las maravillas que realizó. (3-4)

«Lo que nuestros padres nos contaron... lo contaremos a las generaciones futuras»: en los dos casos se utiliza el verbo sipper, emblemático de la narración en la Biblia judía, y los dos usos ponen en perspectiva el porqué del narrar bíblico, de padres a hijos. La apertura del salmo está seguida por una larga enarratio que retoma en esencia el relato fundador, desde el Éxodo hasta el libro de Samuel. Lo que cuenta el narrador bíblico es, por lo tanto, lo que se encomienda a la narración de los padres a los hijos, y viceversa.

Pasar al Nuevo Testamento es reencontrar la misma realidad (como había evidenciado la confesión de Pascal); es encontrarse en el pasado remoto que, en nuestras lenguas, marca la narración fundadora: «Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea» (Mc 1,9). También aquí el núcleo narrativo se confía a la transmisión de figuras paternas y «generadoras». Es el caso de Pablo en el texto considerado como el más antiguo del Nuevo Testamento: «Porque yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan» (1 Co 11, 23-25). También es el caso de Pedro, que se presenta como anciano (1 P 1,5), y que a su vez articula el relato fundador de Jesús: «Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz: “Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido”» (2 P 1,17).

Antes de profundizar en la dimensión narrativa de la fe bíblica, conviene explorar brevemente el aspecto antropológico y cultural de este narrar, que pone a las Escrituras inspiradas en diálogo con el corpus narrativo de la humanidad. La narración atraviesa todas las culturas, desde el alba de la historia humana. Piénsese en los relatos más antiguos de la humanidad, las epopeyas de Gilgamesh, de Enuma Elish y de Atrahasis en la antigua Mesopotamia, o en la Mahabharata, la epopeya sagrada del hinduismo. Nuestra especie, la del homo sapiens, es —como escribe la ensayista Nancy Huston— una «especie fabuladora», la única que «teje historias para sobrevivir». Estamos habitados, en cuanto humanos, por un instinto que nos lleva a entrelazar nuestra experiencia, a traducirla en muchas historias. Ya lo había dicho Aristóteles en su Poética: somos seres miméticos. Para nosotros es un reflejo constitutivo representar dramáticamente nuestra experiencia, también en sus aspectos más terribles (Aristóteles tenía en mente la tragedia griega), para poder vivir de modo «puro» y más libre nuestra condición humana.

Este instinto narrativo que tenemos lo exploramos en nuestra infancia, escuchando historias, leyendo historias y creando historias originales. El momento de gracia respectivo ha sido el momento de ir a la cama. En el filme de Terrence Malick, The Tree of Life, uno de los hijos pide a la mamá: «Cuéntanos historias anteriores a nuestros recuerdos». Esta petición traiciona la petición de toda generación de oír de la boca de sus padres una historia comenzada antes de ellos. Ciertamente la historia anterior en cuestión es, ante todo, la de la familia -el encuentro de los padres, el nacimiento de los hijos-, pero también es la que, progresivamente, se remonta al curso de las generaciones (y así reencontramos la tarea encomendada a los padres en el Salmo 78).

Pero pronto las historias escuchadas han pasado a ser para nosotros las historias leídas. En Una storia della lettura, el escritor Alberto Manguel, discípulo de Jorge Luis Borges, refiere una experiencia que han tenido todos los lectores jóvenes: «A menudo, de noche, encendía mi lámpara de mesa (...) e intentaba llegar al final del libro que estaba leyendo, y al mismo tiempo retrasar lo más posible este final». Todo adolescente ha estado en la búsqueda de una «Neverending Story» (aludiendo a Michael Ende).

La relación con las narraciones, sin embargo, no es solamente «cosa» de niños o adolescentes; es vital para todas las edades: hasta el final de nuestra vida nos comprenderemos mediante los relatos que recibiremos de las culturas humanas. La psicología cognitiva, que se relaciona con las neurociencias, pero también con la teoría literaria, se interesa hoy por el tipo de inteligencia que se desarrolla a través de la composición o la dilucidación de entrelazamientos literarios. Típico en este ámbito de investigación es el libro de Mark Turner, The Literary Mind, que pretende mostrar que la inteligencia narrativa no es periférica sino central en la vida de la mente. Con ejemplos tomados de Las mil y una noches o de la Ricerca del tempo perduto, Turner muestra cómo las historias narradas facilitan a la mente mecanismos cognitivos esenciales para comprender nuestra ubicación en el tiempo y en el espacio, para entenderse como un «sí mismo» (self), distinto a los otros «sí mismos» (selves), y para imaginar estos otros selves y su punto de vista.

 

www.osservatoreromano.va

Publicado: 14/10/2011

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