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Esperamos tiempos mejores

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18/04/2017

speranzaREFLEXIONES - Escribo este artículo en la víspera de la incertidumbre, en el ocaso de la espera, pero desde el horizonte de la esperanza ante la enfermedad terminal de un entrañable amigo, quien imaginó y esperó una Iglesia más incluyente y al servicio del Reino de Dios. Dedicado a Jaime Ramos Contreras, religioso redentorista “de fe robusta y esperanza alegre”. Y en agradecimiento a la Hna. Verónica Villegas, mejif.

 Sin Esperanza todo puede perder sentido existencial

Esa mañana se había levantado de la cama con más dificultad que cualquier otro día desde que le detectaron aquel maldito cáncer hepático. Daba la impresión de que se desbarataría en cuanto se pusiera de pie, había adelgazado muchísimo y la fragilidad corporal se le notaba incluso hasta en su misma sombra. Por si fuera poco, ese no parecía un buen día para salir rumbo al hospital -¿acaso tendrán que ver los días nublados y fríos en el estado anímico de las personas?-, su optimismo y buen ánimo de otros tiempos estaba por los suelos. Días antes le habían dado en el hospital, especializado en el tratamiento de personas con cáncer, una terrible noticia: “ya no hay nada que hacer, las quimioterapias no han ayudado como se esperaba”. Ya había pasado una semana de haber escuchado esa noticia y a pesar de la distancia temporal aun retumbaban en su memoria aquellas desgarradoras palabras: “ya no hay nada que hacer…”.

De camino a otro hospital, en donde le darían otra opinión quizá más esperanzadora, los recuerdos se empujaban atropelladamente uno tras otro en su mente. En ese estado sufriente en el que se encontraba era difícil acallarlos o lanzarlos hasta el rincón asignado al olvido; pero no tuvo la fuerza suficiente para contenerlos, simple y sencillamente los dejó fluir. Recordó claramente la tormentosa noche del martes, apenas hacia dos días, y concluyó que esas cinco horas fueron las más angustiantes experimentadas hasta ese momento de su vida. En el lapso más tenso y crítico de esas horas hizo su aparición, cual ladrón citadino, el sinsentido existencial portando muchas máscaras. Este sinsentido con careta de frustración fue lo que más minó su interior: “físicamente me sentía muy bien, estaba en plena etapa productiva, entonces ¿por qué se trunca mi vida que está en plena lozanía? Y todos los proyectos elaborados a nivel congregacional, comunitario y personal ¿en dónde quedarán? ¿a caso se perderán en el olvido o quedarán relegados a un rincón oscuro? Por tanto, para él era demasiado frustrante pensar que su vida terminaría en cualquier momento. Desde aquella noche, a mitad de su descanso nocturno se despierta sobresaltado y sudando de angustia pensando si ya está muerto. El miedo no lo dejaba dormir tranquilo, todos los días hace presa de él, y un pensamiento recurrente aparece disciplinadamente todos los días antes de dormir: “quizá hoy se la última noche y te acueste para ya no despertar jamás…”.

Del recuerdo brincó al presente. Lo jaló bruscamente del ayer al aquí y al ahora la voz ronca y fuerte del taxista que le había preguntado: ¿entramos por ésta [calle] o por la siguiente joven? Por aquí está bien, le contestó estoicamente. Comenzó a caminar calle abajo, pero la agitación no lo dejó continuar, parecía que la gente que pasaba a su lado le robaba el oxígeno que él tanto necesitaba en ese momento. Se sentó y cerró sus ojos tratando de descansar y recuperarse para seguir su camino hasta el hospital que estaba aproximadamente a doscientos metros de distancia. Nuevamente hizo su aparición el sinsentido existencial: todo parecía perder sentido, ya muchas cosas comenzaban a dejar de ser significativas esa mañana. Aquello que en sus primeros años de vida religiosa le entusiasmaba ahora ya no: “Anunciar el evangelio a los más abandonados, especialmente los más pobres” se iba perdiendo en la lejanía existencial y ya no aparecía en su horizonte vocacional.

En esos instantes, mientras agarraba aire, dentro de su mente y corazón se abalanzaban estrepitosamente muchas preguntas: ¿En qué momento se habían extraviado en el tiempo aquellos ideales y utopías que jalonaron su vida?, dónde se habían quedado, ¿en dónde? Ese carisma propio de su Congregación ¿estaba dormido en lo más profundo de su inconsciente o tal vez ya ocupaba un lugar “en el sueño de los justos”? ¿Por qué en ese momento le asaltaban tan a destiempo esos recuerdos y pensamientos negativos? Aunque no había aparecido en él el fantasma del suicido, en los momentos de los terribles dolores en el pulmón y que muchas ocasiones sentía que se asfixiaba, hubiera sido preferible morir. Pero su fe era inquebrantable, más fuerte que cualquier dolor por intenso e insoportable que este fuera y por más terrible que la noticia pareciese. La luz de la esperanza apareció en él y la ilusión en que una segunda, o quizá tercera o cuarta, opinión fuera favorable y distinta a la que había escuchado hace algunos días crudamente de los labios del especialista le hicieron salir de ese aletargamiento y  levantarse para retomar su caminar con agilidad hacia las puertas principales del hospitalito Gustavo Guerrero.

Esperar contra toda esperanza

Siempre esperamos tiempos mejores. Somos capaces de imaginar y proyectar una realidad distinta a la que estamos viviendo en este momento, en el aquí y ahora. En el presente se centra nuestra vida, es el espacio de la realización, se da el goce de los bienes y es, también, en donde experimentamos el sufrimiento, el dolor, la frustración y los problemas cotidianos de nuestras relaciones humanas. Pero el hombre, nos dice J. B. Libanio “es capaz de romper con ese efímero y angustiante presente mediante la acción de dos fuerzas internas que posee: la memoria y el deseo. Por la memoria, conserva el recuerdo del pasado y al mismo tiempo, crea reordenando radicalmente los procesos de la razón para producir alternativas. Por el deseo el hombre es arrancado del presente y es capaz de proyectar hacia el futuro inexistente” y así crear algo que hasta entonces no existía; por tanto, nos sigue diciendo J. B. Libanio “el hombre es un ser que proyecta fuera de sí aspiraciones profundas, como realidades que desea crear. Esos anhelos brotan, no de su racionalidad lógica, sino de su afectividad, de la tensión que habita el deseo, de la profundidad de su existencia. El deseo es expresión auténtica del ser humano y de su construcción”.

La esperanza es un elemento constitutivo de la estructura humana. Esto lo constatamos en nuestra vida diaria: esperamos el fin de semana para descansar y así romper con lo rutinario de la semana. Esperamos que después de las elecciones, el país tome un rumbo más claro (menos violencia, muerte, terrorismo…), esperamos, siempre esperamos. Lo dicho anteriormente hizo que en mi mente se escuchara suavemente una canción que estuvo en la lista de popularidad en la década de los ochenta en la mayoría de las estaciones de radio: “Siempre vendrán tiempos mejores…”. Esperamos que vengan tiempos mejores… diferentes, de un color y tono menos gris que los que estamos viviendo en ese momento que la esperanza hace su aparición. Así muchos han y hemos soñado con un mundo diferente…y creemos que es posible otro mundo, otra nación, otra sociedad. Esperamos y luchamos porque se vaya creando, y por tanto escribiendo, una historia  desde una visión más integradora: desde la doble perspectiva de los vencedores y de los vencidos…una sociedad donde todos tengan su lugar, una sociedad más incluyente…

La esperanza nos mantiene con vida. Es ese principio que jalona nuestra vida hacia… Esta finalidad determinada, que es la categoría regidora de la esperanza, nos libera del quietismo (confianza total) como del nihilismo (desesperanza total). El principio esperanza, nos dice Juan José Tamayo-Acosta, “se caracteriza por la tensión permanente, que no debe entenderse como huida de la realidad, al contrario, intenta conjugar las tendencias objetivas con las intenciones subjetivas de la esperanza transformadora”. Cuando esperamos rompemos con la monotonía. Por tanto, podemos pensar que la esperanza es un elemento constitutivo de la estructura humana y es ésta la que nos acompaña en el momento en que tenemos que morir y romper los condicionamientos temporales y locales que nos mantuvieron atados al aquí y ahora.

La esperanza siempre nos mantiene vivos, activos, dinámicos. Gracias a ella podemos encontrarle a la vida un sentido… esperamos siempre, por tanto es un elemento constitutivo del ser humano, es un animal utópico. La esperanza nos sostiene ante el dolor y sufrimiento humano, en donde todo parece oscuro y ya sin salida la esperanza entra en juego. Siempre que hay una esperanza hay vida, desaparecida esta esperanza hace su presencia la muerte… Ante el sufrimiento esperamos que desaparezca y buscamos darle un nuevo sentido desde la misma persona de Cristo crucificado. Cuando experimentamos el sufrimiento (físico, psicológico, social, afectivo o espiritual) en carne propia, de nuestro interior sale, cual “caballo desbocado”, un grito desgarrador y suplicante hacia Dios. Además, desde esta condición de hombre-mujer sufriente nuestra esperanza crece y se fortalece y, sobre todo, descubrimos que la causa del sufrimiento no está en Dios sino en nuestra propia condición humana frágil y menesterosa; además, caemos en la cuenta de que el sufrimiento muchas veces es provocado por aquellos que rechazan vivir en fraternidad, que se gozan en el hacer sufrir a los demás. Desde nuestra fe creemos firmemente que la última palabra no la tiene ni el sufrimiento ni la muerte, sino la vida, la resurrección, la salud. Profundicemos un poco más en la afirmación anterior.

Jesús al estar en la cruz, próximo a la muerte, sufre el dolor corporal junto con el abandono y traición de sus amigos (discípulos) y, por si esto fuera poco, sufre con el abandono del Padre cuyo silencio y ausencia parecen condenarlo. Podemos decir que en la pasión se concentra todo el sufrimiento humano posible: desde la traición humana hasta el abandono por parte de Dios (“¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”, Mt 27,46). En la cruz Jesús se dirige ahora a “su” Dios, no a su “Abbá”, al Dios de quien se siente abandonado y que cree lejos. Pero Jesús no reclama, simplemente expresa su sufrimiento y desconcierto ante algo que no puede comprender y que dolorosamente experimenta como abandono.

Allí donde parecía que el sufrimiento, el dolor y, sobre todo la muerte, habían dicho ya su última palabra (“Dios ha muerto”), emerge e irrumpe estrepitosamente una palabra más fuerte y contundente: Vida, resurrección. No es la enfermedad, el abandono o la muerte sino la salud, el consuelo y la vida las últimas palabras que el Padre pronuncia sobre la muerte de su Hijo y, sigue pronunciando actualmente sobre la humanidad. En el evento de la resurrección de Jesús (“¡Ha resucitado, no está aquí!”, Mc 16,6) el Padre mismo desciende como ángel de luz y de gloria para descorrer la losa del sepulcro. El ángel que descorre la piedra y se sienta encima de ella (“¡… hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella!”, Mt 28,2), en gesto de triunfo, no es otro que el mismo Dios activo, creador y resucitador. Sobre el frío mortecino de la losa en la que Jesús yacía ha venido a desvelarse en el misterio más alto de Dios que da la vida.

El sufrimiento y la muerte de Jesús adquieren sentido en la resurrección de parte del Padre. Así se convierte en buena noticia para los crucificados del mundo, una buena noticia concreta y cristiana. Es buena noticia porque aquel (el Padre), al resucitar a un muerto (su Hijo Jesús), se convierte en el “resucitando a los muertos”, es el que ha desclavado a aquel que ha permanecido fiel hasta las últimas consecuencias. Y desde esta experiencia de sufrimiento, abandono y muerte nuestro sufrimiento adquiere sentido: nos asociamos a los sufrimiento de Cristo (Filp 3,10) y padecemos por nuestra terquedad en seguir paso a paso el camino trazado por el maestro: ser fieles en el anuncio de la Buena Nueva del Reino.

Por último, aguardo la esperanza de que este artículo lo pueda leer este amigo mío y que al pasar sus ojos sobre estas líneas él también se llene de esperanza y sentido ante el sufrimiento de su enfermedad. Además, espero que en él la semilla de la esperanza vaya encontrando tierra fértil. Amén. Así sea. Así lo espero.

P. Juan Carlos López Sáenz, CSsR

Fuente: relipress.org

 

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