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Mártires de Laos; esperanza para la Iglesia en Asia

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18/06/2015

mujeres laosNOTICIAS 2015 - Se hace realidad un sueño para la pequeña Iglesia de Laos. Una esperanza. Después del reconocimiento del martirio del misionero Mario Borzaga y del primer catequista local, Paolo Thoj Xyooj, asesinados “in odium fidei” en 1960, la Santa Sede aprobó el martirio del primer sacerdote de Laos, José Thao Tien, y de otras 14 personas: diez eran misioneros que pertenecían a dos órdenes religiosas (la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París y la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Virgen Inmaculada, a la que pertenecía Borzaga). Después hay cuatro laicos catequistas indígenas. Los quince nuevos mártires fueron asesinados entre 1954 y 1970 por los guerrilleros comunistas Pathet Lao.

El proceso, promovido por los obispos de Laos, fue encomendado a la diócesis de Nantés, de donde era uno de los misioneros, Jean-Baptiste Malo. El postulador de la causa, que acaba de concluir con el mejor resultado, fue Roland Jaques, OMI.

Además de José Tien, sacerdote diocesano y primer mártir del país, asesinado en 1954, hay otros cinco misioneros franceses del MEP: Jean-Baptiste Malo, René Dubroux, Noël Tenaud, Marcel Denis, Lucien Galan, que murieron entre 1954 y 1968. Otros cinco fueron los OMI, también franceses, asesinados entre 1961 y 1969: Louis Leroy, Michel Coquelet, Vincent L’Hénoret, Jean Wauthier y Joseph Boissel.

En particular, lo que enciende las esperanzas y honra a la Iglesia de Laos son los mártires indígenas: Thomas Khampheuane, Joseph Outhay (que nació en Thailandia), Luc Sy y Maisam Pho Inpeng, que perdieron la vida en la última oleada de persecución, alrededor de 1970.

Fue el obispo Marie Ling Mangkhanekhoun, Vicario apostolico de Paksé, responsable de la Oficina de los mártires en la Conferencia Episcopal de Laos  yCamboya (Celac), el que expresó el deseo de una única celebración para la beatificación. Después del reconocimiento de Borzaga y Thoj Xyooj, Ling dijo a la agencia vaticana Fides que quería celebrar «a los 17 mértires juntos, en una misa que será un gran testimonio cristiano para la Iglesia de Laos», e indicó que le habría gustado que se llevara a cabo en territorio nacional.

La mayor parte de los mártires pertenece al vicariato de Luang Prabang, guiado por Tito Banchong Thopayong, obispo de 68 años que conoció a Mario Borzaga. Banchong verificó, con investigaciones personales, la dinámica del homicidio de Borzaga y Thoj Xyooj, que fueron arrojados a una fosa que nunca ha sido identificada con precisión.

Hoy, su lema es el pasaje evangélico «si la semilla de trigo no muere, no da fruto: y si muere, produce muchos frutos», que indica la perspectiva correcta para considerar las vidas de los mártires de Laos. No se trata de una reivindicación para acusar al régimen comunista, sino de la mirada de f eque celebra la victoria sobre la muerte y sobre la injusticia.

Y esta era la perspectiva en la que vivían todos ellos. En 1953, cuando los militantes comunistas invadieron las zonas de Sam Neua, muchos misioneros huyeron. José Tien Thao, joven sacerdote ordenado en 1949, decidió permenecer: «Me quedo entre mi gente. Estoy listo a dar la vida por mis hermanos y hermanas», dijo. Un año después fue capturado y condenado a muerte, después de haberse negado a renunciar al sacerdocio.

Los anales recuerdan la alegría con la que los mismos misioneros recibieron las instrucciones que indicó la Santa Sede en 1959, en plena expansión de los guerrilleros, que concedía a los sacerdotes y religiosos «permanecer en el país hasta que los expulsaran». Para Jean-Baptist Malo y René Dubroux esta muerte significó la muerte en los campos de prisioneros.

En 1961, Louis Leroy, Michel Coquelet y Vincent L’Hénoret fueron sacados de sus misiones y asesinados sin piedad. Y lo mismo sucedió con Noel Tenaud y su fiel catequista Outhay, capturados y asesinados. Uno de sus hermanos escribió: «Fueron misioneros loables, listos para cualquier tipo de sacrificio. Vivían en condiciones de absoluta pobreza, deseando entregar totalmente a Cristo la vida. Visitaban las aldeas para cuidar a los enfermos y para anunciar la Buena Noticia de Jesús».

Muchos todavía recuerdan a John Wauthier, incansable apóstol de los refugiados, a Lucien Galan, que comenzó su experiencia misionera en China, y a Joseph Boissel, asesinado en una emboscada mientras se dirigía a visitar la pequeña comunidad cristiana de una zona aislada.

Culpables del mismo “delito”, el de desplazarse para visitar a los catecúmenos, fueron los laicos Luca Sy, joven catequista y padre de tres hijos, y Maisam Pho Inpeng, enviados a una aldea cuyos habitantes pedían desde tiempo apoyo pastoral. Mientras regresaban, los alcanzó una ráfaga de proyectiles.

Fuente: Vatican Insider, 08/06/2015

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