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“Consagrados en el corazón de Cristo” – Carta de P. Enrique Sánchez G. Mccj, Superior General

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04/05/2015

combonianos enrique sanchezCARTA - Las palabras consagración y consagrados, con todos sus sinónimos, tienen la posibilidad de ser profundizadas e integradas en nuestra vida, de modo particular durante este año destinado a la vida religiosa o consagrada, en la medida en la que nos concedemos un momento para la reflexión y, quizá más todavía a la acción de gracias por este don.

Al mismo tiempo, estas palabras corren el riesgo de vaciarse de su significado y de la riqueza de la que son portadoras, si no las confrontamos con la experiencia de nuestra vida; si no damos con nuestra vida, un sentido autentico a aquello que afirmamos con la palabra.

Somos consagrados. Basta poco para hacer esta afirmación que, sin embargo, no parece tan evidente cuando pedimos a nuestro testimonio de vida que exprese el contenido de aquella que ha sido la opción de nuestra vida.

Incluso si debemos decir de inmediato que hay ejemplos extraordinarios, muchos cercanos a nosotros, de personas que han hecho de su consagración un tesoro y cuya vida se ha transformado en una luz capaz de penetrar las tinieblas más oscuras, necesitamos hoy detenernos y preguntarnos cuánto nuestra consagración a Dios define y caracteriza nuestra identidad y nuestra acción.

Reflexionar sobre nuestra consagración puede convertirse en una ocasión extraordinaria para apropiarnos mejor de aquello que queremos decir cuando nos reconocemos personas consagradas a Dios para la misión.

Nuestra consagración misionera

Como ayuda para nuestra reflexión, particularmente con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón, me gustaría compartir con ustedes algunos breves pensamientos que pueden ser provocaciones para preguntarnos cuánto y cómo estamos viviendo nuestra consagración religiosa y misionera.

El Papa Francisco nos ha invitado a hacer un ejercicio de memoria, para reconocer en el pasado el don de nuestra llamada, de nuestro carisma, dejando brotar desde lo profundo de nuestro corazón la gratitud, el reconocimiento por este don. Nos ha recomendado contemplar el presente de nuestra consagración para vivirla con pasión, sin cálculos, con la generosidad y el entusiasmo del primer momento, cuando en el silencio cómplice de Dios hemos sentido pronunciar nuestro nombre y soñado una misión sin fronteras.

El Papa nos ha pedido mirar al futuro con esperanza, que quiere decir confianza en Dios, en su cercanía, en la certeza de que El sigue guardando en su corazón un proyecto de amor por la humanidad que ninguno podrá impedir, porque será siempre un proyecto de amor y el amor no se detiene frente a los obstáculos.

Vivir nuestra consagración misionera de este modo nos lleva a redescubrir, a hacer de nuevo la experiencia del gozo del primer momento de nuestra llamada, y a decir con sencillez: ¡Señor, cuán grande has sido fijando tu mirada sobre mí! No podías hacerme un don más extraordinario.

Ser misionero ha sido la opción mejor que has hecho para mí; gracias porque has permanecido fiel y porque aquello que me ha sucedido tantos años sigue conservando su frescura.

Gracias por un presente misionero que desafía. Tu llamada a veces corre el peligro de ser oscurecida por tantos obstáculos que encontramos en el camino. Nos falta la pasión, tu ardor, tu coraje para no dejarse vencer por la indiferencia de nuestro tiempo, por el consumismo que nos circunda, por el hedonismo superficial que nos asalta con sus trampas, que hacen crecer el egoísmo y la superficialidad.

Necesitamos pasión misionera, ante todo para creer en ti con todo nuestro corazón, para descubrirte presente en el hermano que sufre, en la hermana que es maltratada, en el joven condenado a vivir sin la posibilidad de soñar un futuro digno, para salir de nuestras seguridades y comodidades.

Señor, nos hace bien reconocer con humildad y sencillez que nos falta la pasión que no tiene miedo del sacrificio, de la renuncia, del abandono, aquella pasión que permite dejar todo para hacer de ti y de tu misión el todo de nuestra vida.

Nos has dado una vocación que hace de nosotros privilegiados, porque has elegido para nosotros, como lugar para encontrarte, los más pobres, los lejanos, aquellos que no cuentan a los ojos de nuestros contemporáneos.

“La esperanza de la que hablamos – dice el Papa – no se funda en los números y en las obras, sino en Aquel en el cual hemos puesto nuestra confianza” (2Tim 1,12).

Y nosotros queremos vivir en la esperanza, no podemos no hacerlo, cuando hemos sido testigos de su fidelidad, de su confianza, de tu solicitud hacia nosotros. No nos espanta el mañana porque sabemos que tú nos has precedido y has preparado para nosotros un mañana que será completamente diverso de aquel que podríamos haber construido con nuestras fuerzas y con nuestros medios.

No tenemos miedo de disminuir, de morir, porque estamos convencidos que donde estás presente la vida sólo puede vencer y que serás tú quien escribirá la bella historia de la misión que se volverá también la nuestra.

Una consagración en los pequeños detalles

Cuando se habla de consagración, me gusta decir que nos referimos a una experiencia, a una vida que llevamos adelante en los pequeños o grandes detalles de nuestra existencia, en lo cotidiano de nuestra acción en realizar el sueño que llevamos en el corazón como ideal que nos empuja a ir siempre más lejos.

Me gusta decir que ser consagrados no es otra cosa que aceptar con alegría que nuestra vida está en las manos de Aquel que nos ha hecho vivir. Es aceptar que somos propiedad del Señor, que somos o nos estamos convirtiendo en don de Dios para la humanidad.

Es bello pensar así, porque nos ayuda a entender que la consagración no es una obra que nace de nuestra voluntad o de nuestras capacidades, sino que es una experiencia de grande libertad, de generosidad y sobre todo de profunda docilidad.

¿Qué quiere decir consagrarse a Dios?

Consagrarse a Dios quiere decir educar nuestro corazón a vivir siempre abiertos y disponibles a aquello que El querrá hacer de nosotros. En este sentido, consagración es sinónimo de abandono, de obediencia y de valor, porque con el Señor se sabe dónde comienza la aventura, pero nunca se sabe a dónde nos llevará.

Hablar de consagración significa entrar en un mundo en el cual nuestros parámetros no funcionan más, porque se entra en el mundo del misterio de Dios, que rompe todas nuestras lógicas y nuestros cálculos y pone todo de cabeza, volviéndose él el protagonista de nuestra historia y el patrón de nuestra existencia.

Y aquí nos vienen a la mente tantas frases del Evangelio: “No fueron ustedes los que me eligieron, soy yo quien los llamé” (Jn 15,16); “Este es mi hijo predilecto, en el que me he complacido” (Mt 3,17).

Cuánta fuerza resuena en el mensaje de Pablo, cuando recuerdo como fue elegido y como, en su ministerio de apóstol, ha podido constatar que “Todo sucede para el bien de quienes aman a Dios, que fueron llamados según su designio” (Rom 8, 28).

Entonces la pregunta que surge espontánea es muy sencilla: ¿En el fondo quién es el que se consagra?

¿Cuántas veces en nuestra vida deberemos reconocer que hemos ido adelante porque el Señor no se ha echado atrás? ¿Cuántas veces nos damos cuenta de que no son nuestras cualidades, nuestros méritos o nuestras virtudes las que nos han hecho merecedores del don de la elección que el Señor ha hecho de nosotros?

Tenemos una grande responsabilidad de custodiar y hacer crecer la gracia recibida desde el día que respondimos sí al Señor. ¿Nos recordaremos siempre que Dios llama y no cambia de parecer con el pasar del tiempo? ¿A qué fidelidad nos desafía?

El testimonio de san Daniel Comboni

Necesitando extremadamente la ayuda del Sagrado Corazón de Jesús, Soberano de Africa Central, el cual es la alegría, la esperanza, la fortuna y el todo de sus pobres misioneros, me dirijo a usted, amigo, apóstol y fiel servidor de ese Corazón divino, tan lleno de caridad por las almas más desventuradas y abandonadas de la tierra.

¡Oh, qué feliz soy de pasar media hora con usted para encomendar y confiar al Sdo. Corazón los intereses más preciosos de mi laboriosa y difícil Misión, a la que he consagrado toda mi alma, mi cuerpo, mi sangre y mi vida!” (Escritos 5255-56).

La consagración del comboniano, para que sea verdadera y fuente de felicidad, tratará de responder siempre a esta clara convicción de Comboni, es decir, ser consagración que nace de la experiencia del amor que brota del Corazón de Jesús. El corazón de Dios que ha amado tanto a la humanidad y que no ha dudado en entregarle a su hijo único por amor.

Es de este amor en el que se origina y del que se sostiene nuestra consagración. Es y será siempre de este corazón abierto que podremos recibir la luz y la fuerza para vivir solo para Dios y para su obra. Es del Corazón de Jesús que debemos aprender cómo convertirnos en hombres de Dios, que encuentran su alegría en servir a la misión con un corazón indiviso.

Será siempre el corazón de Jesús quien nos ayudará a mirar al futuro sin caer en el desánimo, en la tristeza o en la desilusión, porque del corazón de Dios nacen siempre cosas nuevas para el bien de todos aquellos que se abren al amor.

Como Comboni, tendremos que aprender a no espantarnos frente a las dificultades de la misión que estamos llamados a vivir. Será siempre una obra laboriosa y difícil, pero no debemos olvidar que se trata de la misión de Dios y no de la nuestra. Es la misión del Señor, en la que estamos llamados a ser simples colaboradores, mediaciones de su amor.

Como nuestro santo fundador, también nosotros estamos invitados, llamados a vivir a fondo el don de la vocación misionera aceptando consagrar toda nuestra alma, volviéndonos hombres de fe profunda, aceptando con alegría dar testimonio a través de nuestra pobreza, nuestra castidad y nuestra obediencia, tratando siempre de crear ambientes de profunda fraternidad.

También para nosotros, el gran desafío de la consagración será la disponibilidad de vivir sacrificando todo por los otros, por aquellos que encontraremos en la misión. Esto quiere decir también que el martirio, que nos pedirá fecundar el corazón de nuestros hermanos con nuestra vida consagrada en la cotidianidad de la existencia, en el servicio humilde y escondido, en la aceptación gozosa de la renuncia de nosotros mismos para permitir a Dios manifestar su amor.

Solo educados en esta escuela de amor que es el Corazón de Jesús, seremos capaces de vivir en toda libertad la opción por los más pobres y dar un rostro al amor de Dios, a través de la construcción de un mundo más justo más solidario, más respetuoso y capaz de generar la felicidad que todos llevamos en el corazón como único y verdadero anhelo de nuestra vida.

Pidamos la gracia de llegar a ser consagrados alegres y felices por llevar en el corazón el tesoro de aquel amor que brota del Corazón traspasado del Señor que san Daniel Comboni descubrió como fundamento sobre el cual hay que construir su misión y al cual se entregó sin poner límites.

La confianza en el Corazón de Jesús sea también para nosotros fuente perenne de un amor que nos ayude a vivir nuestra consagración como el don más bello que se nos ha concedido.

Buena fiesta del Sagrado Corazón.

P. Enrique Sánchez G. mccj

Superior General

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