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Sor Irene Stefani, Hermana Misionera de la Consolata, será beatificada

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18/03/2015

sor ireneTESTIMONIOS - La hermana Joan Agnes Matimu, superiora provincial de las Misioneras de la Consolata, que reside en la localidad bonaerense de Moreno, informó a AICA que el papa Francisco autorizó la beatificación de sor Irene Stefani, una de las primeras misioneras de la Consolata, “que recorrió los senderos de la caridad heroica hasta entregar su propia vida por la difusión del Evangelio”.
 
Había nacido en Anfo, Brescia (Italia), el 22 de agosto de 1891 y falleció a los 39 años de edad, el 31 de octubre de 1930, en Ghekondi (Kenya), víctima de la peste que adquirió asistiendo a enfermos con ese mal.
 
La ceremonia de la beatificación tendrá lugar en la ciudad de Nyeri, Kenya, el próximo 23 de mayo de 2015.
 
Una vida entregada a Dios y a la obra misionera

El 19 de junio de 1911, a los 20 años de edad, Irene dejó su pueblo natal en la provincia de Brescia (Italia), donde ya se la conocía como “el angel de los pobres”, y se dirigió a Turín donde se hallaba el padre José Allamano, quien en 1901 había fundado el Instituto de los Misioneros de la Consolata, y en 1910 el de las Hermanas Misioneras de la Consolata. El padre Allamano la recibió en el pequeño grupo de las primeras jóvenes deseosas de entregar su vida a Dios para la obra misionera.
 
Acabada su preparación, hacia finales de 1914 aceptó el mandato para las misiones de Kenya, consciente de las dificultades que la esperaban.
 
En enero de 1915 llegó a Kenya, donde experimentó la pobreza extrema, la fatiga y la soledad, y tuvo que hacer el esfuerzo para aprender un idioma nuevo, penetrar en una cultura muy diferente, deshacer prejuicios.
 
A los pocos meses de su llegada a Kenya, la primera guerra mundial hizo sentir sus efectos en las colonias inglesas y alemanas y afectó directamente a numerosos misioneros y misioneras presentes en Africa Oriental.
 
A partir de agosto de 1916, sor Irene se desempeñó como enfermera de la Cruz Roja en Kenya y Tanzania, en los grandes hospitales de campo levantados por los “carriers”, los trescientosmil y más indígenas movilizados por los ingleses para defender y ensanchar sus fronteras. Con piedad y abnegación pasó días y noches en las grandes carpas donde se amontonaban hasta dos mil enfermos y heridos. En aquellas miserables condiciones faltaba de todo pero sor Irene suplía la falta de remedios y de asistencia médica multiplicando gestos de caridad y de cercanía afectuosa y maternal a cada uno de esos pobres jóvenes.
 
Al finalizar la guerra Irene volvió a Kenya entre sus Agikuyus (la tribu Kikuyu) y se entregó totalmente a la obra de evangelización con inagotable espíritu apostólico. Fue maestra, enfermera, partera, visitadora familiar y a todos llevaba amor y gestos concretos de solidaridad. Tanto es así que la gente empezó a llamarla “Nyaatha”, que significa “la madre toda misericordia”.
 
Al cumplir 39 años de edad, frente a las incalculables necesidades de la obra misionera y siempre más consciente de su pequeñez, Sor Irene sintió la llamada interior a ofrecer a Dios el sacrificio supremo de su vida. Dos semanas después de su ofrecimiento, asistiendo a un enfermo de peste que murió entre sus brazos, contrajo la misma enfermedad que en pocos días la llevó a la muerte, víctima de su caridad heroica. Era el 31 de octubre de 1930.
 
En cuanto se difundió la dolorosa noticia de su muerte, la gente aturdida y consternada acudió en masa a la misión para ver por última vez su rostro, superando el supersticioso temor hacia los muertos, aún muy arraigado en aquel tiempo. “Ha muerto una santa” era la voz de sus africanos.
 
Más de medio siglo después las diócesis de Nyeri (Kenya) y de Turín pidieron a la Congregación para las Causas de los Santos el reconocimiento de las virtudes heroicas de Sor Irene Stéfani. En 1984 se abrió el proceso de canonización y se eligió postulador de la causa el padre Gottardo Pasqualetti, Misionero de la Consolata.

Los restos de sor Irene, exhumados en 1995, reposan en la iglesia de la Consolata en Nyeri, Mathari (Kenya).
 
El milagro de la fuente bautismal de Nipepe (Mozambique)

El milagro reconocido por la Congregación vaticana para autorizar la beatificación ocurrió en 1989 en la localidad de Nipepe (diócesis de Lichinga, Niassa-Mozambique), durante la guerra civil entre los grupos guerrilleros de la Frelimo y de la Renamo.
 
En la iglesia parroquial de Nipepe se hallaban refugiadas unas 270 personas entre las cuales muchos niños y niñas, algunos habitantes del pueblo y los catequistas de varias parroquias de la diócesis, que se habían reunido para un curso de formación catequística dirigido por el párroco, padre José Frizzi, misionero de la Consolata. Durante cuatro días permanecieron encerrados, sin poder salir, amenazados de muerte por ambos grupos guerrilleros, con escasos víveres y sin acceso al agua.

Milagro de la multiplicación del agua de la fuente bautismal
 
El milagro atribuido a la intercesión de sor Irene Stefani consistió en la prodigiosa multiplicación del agua de la fuente bautismal que durante cuatro días sirvió a las 270 personas refugiadas.
 
Era el 10 de enero de 1989, el período más caliente del año. No había ninguna posibilidad de obtener agua. Durante la misa del alba se oyeron los disparos con los cuales se iniciaba el ataque militar. Sor Irene fue fervorosamente invocada por todos los presentes pidiendo su protección y ayuda. La única agua que había en la iglesia era la de la fuente bautismal, pero nadie tenía el valor de beber de esa agua sagrada. Considerando la situación angustiosa, sobre todo de los niños, el catequista Bernardo Bwanaissa dio permiso para que se pueda beber el agua de la fuente bautismal.
 
En 2009, antes de morir, Bernardo recordó y testimonió ante el obispo de Lichinga que “en aquel enero de 1989, todos los que estábamos secuestrados en la parroquia de Nipepe durante cuatro días comimos las galletas regaladas por Caritas que se encontraban en la sacristía y bebimos del agua de la fuente bautismal”.
 
Esta agua fue suficiente para todos los refugiados en la iglesia durante los cuatro días, y no solo para beber, sino también para lavarse y refrescarse del sudor, y hasta para lavar una niña dada a luz la primera noche del secuestro, a la que sus padres le dieron el nombre de Irene en recuerdo de sor Irene. Al final del secuestro, ingresó el padre José Frizzi quien, sorprendido al ver el suelo en torno del bautisterio muy mojado, preguntó por qué había tanta agua. La gente le contó lo sucedido. La intercesión de sor Irene hizo el milagro de la multiplicación del agua.
 
“La fuente bautismal parecía un árbol que producía agua”, dijo uno de los testigos durante el proceso eclesiástico del milagro, realizado en julio de 2010. Todos los que vivieron el hecho milagroso lo confirmaron en el proceso y repetían con reverencia y estupor: “Por intercesión de sor Irene todos fuimos salvados”; “Ella nos escuchó y nos ayudó”; “Fue ella, madre Irene, que nos concedió el milagro”. Sor Irene fue invocada con fe y hubo agua suficiente para todos los refugiados durante los cuatro días del encierro.
 
El pueblo Makua la llama “mae Irene” y es muy significativo para ellos porque la sienten cercana como una mamá que interviene en todas sus necesidades. Manuel Muapareia, uno de los testigos, dijo: “Para nosotros es la madre Irene porque piensa en todo: en proteger la vida, en curar las enfermedades, en defendernos de los peligros, en consolarnos cuando nos sentimos solos y tristes, es decir, ella hace todo lo que hace una madre por sus hijos”.

Fuente: Aleteia, 11/03/2015

 

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