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Vida Consagrada

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“La vida consagrada… testifica la fuerte abundancia de amor que empuja a “perder” la propia vida, como respuesta a la gran abundancia de amor hacia el Señor, que él en primer lugar ha “perdido su vida por nosotros”. La Vida Consagrada entonces es un camino especial  de santificación nacido del Espíritu Santo en la Iglesia que conduce al elegido a seguir más de cerca a Jesús pobre, puro y obediente al Padre. La persona que advierte esta vocación “deja” todo, hasta su propia vida, para encontrar El Todo y encontrarse en El Todo. El Todo es Dios.

Pero alguien podría preguntarse: ¿Cómo es posible que un chico o una chica decida renunciar a la belleza de la vida matrimonial, a tener hijos, a tener una casa, un trabajo y a todo lo que la vida “normal” nos permite tener para marcharse a “encerrarse” en un convento o incluso en un monasterio de clausura?

 

La respuesta es simple: la persona que da un paso así ha sido llamada por Dios. Ha recibido un don desde lo alto, ha sido tocada por el amor de Dios, ha vivido la experiencia de que no existe en el mundo un amor tan grande, más verdadero, más emocionante, más excitante, más fiel  que el Amor de Dios. La persona que da un paso así ha experimentado que sólo en el Amor de Dios se encuentra la plena realización humana del propio ser. Y entonces, es de verdad insensato, una vez que se ha hecho esta experiencia, elegir todo lo que es simplemente bueno respecto a todo lo que es excelente, elegir la criatura respecto al Creador (a tal propósito, podemos decir de verdad que los religiosos, o en general los que eligen la vida consagrada y sacerdotal, no están locos, no son el desecho de la humanidad, no están fuera del mundo; son en cambio las  personas más sensatas y razonables de este mundo, son las personas que están dentro del mundo porque miran con los ojos y el corazón de Dios).

Por lo tanto, a los jóvenes que leen esta revista digo: si os sentís acariciados por la mano tierna de Dios, no endurezcáis vuestro corazón, no os dejéis paralizar por el miedo de tener que dejar lo cierto por lo incierto, di que sí a Cristo, es él, en efecto, ¡vuestra única certeza! El religioso es aquel que, respondiendo a la divina llamada, decide de entrar en una relación esposalicia  con su Dios, por medio de Cristo. Es aquel que ha encontrado la perla preciosa en el campo, por la cual está dispuesto a vender todo lo que tiene para comprar aquel campo y poseer la perla.
La perla es Cristo: el divino amante. Y lo hace con los votos (castidad, pobreza, obediencia) y siguiendo el carisma específico de un Fundador. Ahora nos preguntamos: ¿de dónde el Religioso (en general el que está consagrado, saca la fuerza, el coraje, el empuje para testificar la gran abundancia de amor que lo empuja a “perder” la propia vida?  En otras palabras, ¿cómo logra el religioso ser fiel a su vocación, no obstante las tentaciones y las debilidades a las cuales está sometido? Bien, se pone a los pies del Crucifijo, junto a María y al discípulo amado, y contempla el costado abierto de Jesús: ahí, de aquel costado abierto, el Amor de Dios baja como un río con su caudal abierto y arroya a la humanidad que necesita el perdón y la paz. Y de aquel místico lugar que esconde todas las vocaciones de la Iglesia. La vocación religiosa, entonces, nace del costado abierto de Cristo y se nutre sacando la sustancia del costado de Cristo.

Mirando el Crucifijo, el religioso aprende a comprender nuevamente y por siempre lo que significa la castidad, la pobreza y la obediencia del Reino de los Cielos: significan fecundidad espiritual. Entregarnos a Cristo, esposo único, muerto y resucitado por la salvación del hombre, desnudándose de todo lo que es superfluo, para obedecer al Padre, significa participar en la obra de la Redención, hacer nacer nuevos hijos a la vida del Espíritu, significa alumbrar en el Espíritu. A los pies de la cruz, el Religioso tiene la fuerza para vencer las tentaciones. A los pies de la cruz, al lado de María, la Madre del Crucificado, el religioso aprende a amar: es la caridad, en efecto, la forma de cada virtud y de la misma vida consagrada.

Sin embargo, miramos a María, la Madre de la Iglesia, la perfecta consagrada: María es Madre porque es Virgen; María es Madre porque ha obedecido al ángel del Señor; María es Madre porque el Altísimo ha mirado la humildad (la pobreza) de su sierva.



Salvatore Sorrentino en
Il Rosario e la Nuova Pompei
N. 1 – 2011 edición española

Publicado: 28/03/2011

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