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“Innovación en la Vida consagrada”: superando el miedo

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08/09/2014
José Cristo Rey G. ParedesVIDA CONSAGRADA - La vida consagrada se está planteando –ahora muy seriamente- la necesidad de innovación. En sus capítulos generales constata que no todo lo que antes funcionaba funciona ahora. Sueña con hacerse “contemporánea” de los pueblos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.  Quiere ofrecerles el testimonio y el servicio que necesitan. No desea dar un testimonio que nadie entiende, ni imponer un servicio que la sociedad minusvalora. La vida consagrada de hoy quiere renunciar a cualquier tipo de imperialismo cultural, y desea ser –cada vez más- “trans-cultural”. Está convencida de que debe descubrir nuevas formas de comunidad y comunión, pero siempre configuradas por la misión y no la misión configurada por una realidad comunitaria no siempre satisfactoria. Más todavía: el Sínodo sobre la Nueva Evangelización y el Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” le piden a toda la Iglesia y en ella a la vida consagrada entrar en un serio proceso de conversión pastoral y misionera y últimamente también a una conversión económica desde la perspectiva de la austeridad y los pobres de nuestro mundo. La vida consagrada está dispuesta a re-organizarse, a re-estructurarse para responder al proyecto de una “nueva evangelización”. Todo esto no es posible sin “innovación”. La requiere el cambio de época en que nos encontramos[1]. Pero, ¿porqué?  ¿en qué consiste?

La necesidad de innovación es la respuesta a una serie de porqués que nos han venido martilleando en estos últimos años:

¿Porqué se está paralizando la creatividad misionera y la misión se está convirtiendo en rutina y mero trabajo?

¿Porqué hay personas que nos abandonan en la mejor edad de su vida, u otras -aun permaneciendo- viven como divorciadas de la vida del instituto?

¿Porqué las nuevas generaciones no sienten un atractivo por nuestra forma de misión y de vida? ¿Porqué no dan el paso hacia la vida consagrada?

¿Porqué la vida comunitaria resulta a veces tan insatisfactoria? ¿Porqué nuestros líderes se sienten a veces tan desazonados al descubrir la poca disponibilidad de los hermanos o las hermanas? Por qué en lugar de ir todos a una, marcamos tanto las diferencias? ¿Por qué nuestros egos han tomado tanto protagonismo?

¿Porqué nuestras instituciones parecen cada vez más tristes? ¿Porqué nos preocupa tanto la economía y no confiamos más en la Providencia?

Por estas y muchas otras preguntas sentimos la necesidad ya no solo de renovación, sino de auténtica innovación. Veamos en qué consiste y ofrezcamos después algunas pistas para que pueda acontecer en la vida consagrada.

¡Si no innovas, te mueres!

A nadie se le oculta que nos encontramos en la “sociedad de la innovación”. Ella se siente autorizada, no solo a “repensar la herencia recibida” (Gianni Vattimo), sino a impulsar la innovación. Estamos en una sociedad en la cual “si no innovas, te mueres”.

Innovar no consiste en hacer crecer lo que ya existe y en repetirlo hasta la saciedad. No se innova por el mero hecho de producir más y favorecer un mayor consumo. El principio “a más consumo más producción y a más consumo y producción más riqueza” encuentra su desmentido en la innovación. Consumo y producción no innovan; son la repetición de lo mismo; vuelven obesos y fofos los sistemas; y aunque la apariencia sea de inmensa fuerza, los debilitan, paralizan y destruyen. La innovación es otra cosa.

Innovación es la invención de lo nuevo en todos los dominios de la producción: lo nuevo en los productos, en la organización del trabajo, en la conquista de nuevos mercados, en los métodos de producción, en los medios de transporte, en las fuentes de materia prima. Hay innovaciones multi-usos que hacen cambiar el mundo, que producen mutaciones globales.

El cambio y la innovación siempre han formado parte de la experiencia humana. No obstante, la tecnología digital ha acelerado de manera espectacular los cambios y  el tipo de innovación. Hoy, una nueva idea, un nuevo servicio, un nuevo producto, pueden generar una cascada impresionante de cambios colaterales, que movilizan a la sociedad como un tsunami. Clayton Christensen (1997) le puso un nombre a este fenómeno: “disruptive innovation” (“innovación rupturista”)[2]. Luc Ferry lo denomina “innovación destructiva” (“innovation destructice”)[3]. ¿Y porqué rupturista o destructiva? Porque hay ideas y productos que introducen tal novedad en el mercado, que vuelven obsoletas e inútiles las ideas y productos anteriores. Los ordenadores personales han dejado fuera de juego las máquinas de escribir; las tabletas y los teléfonos móviles están ya desplazando a los ordenadores personales; las conexiones por Skype y QQ están cambiando totalmente la industria de las telecomunicaciones. La innovación deja obsoletas realidades hasta ahora determinantes. Lo que innova, produce como efecto colateral la destrucción progresiva de aquello a lo que sobrepasan. Mientras que para unos la innovación es entusiasmante y les produce muchos réditos, para otros es angustiosa, porque los ubica en situación de extinción.

La innovación afecta no solo al sector tecnológico, también al sector ético. Se han abierto debates públicos en los Parlamentos nacionales y transnacionales, hasta ahora impensables, sobre el “matrimonio gay”, la eutanasia, o la legalización de las drogas. Poco importa  que se esté a favor o en contra. El hecho de que debates así sean posibles en el ámbito público, es ya una innovación profunda, destructiva a los ojos de quienes están ligados a visiones morales y religiosas tradicionales.

Hemos visto cómo el sistema de valores tradicional se ha ido desmoronando. Han ido desapareciendo progresivamente todos los fundamentos de la cultura “clásica”. Se han cuestionado la figuración en pintura, la tonalidad en música, las reglas tradicionales en la novela, el teatro, la danza y el cine. Con el descubrimiento del ADN el cambio en la genética ha sido espectacular. La sociedad ha redescubierto el valor de la sexualidad desde baremos distintos a los tradicionales: por una parte, “tolerancia cero” ante la pederastia, el abuso sexual, la violencia doméstica, la trata de personas… y por otra, una mayor liberalidad en el ejercicio libre de la sexualidad. Con las noticias recibidas al instante en el móvil o en internet, los periódicos diarios o semanales necesitan reinventarse para no perder subscriptores; también las cadenas de televisión para no perder el “share” y caer en el ostracismo. Los partidos políticos sienten la necesidad de re-fundarse para ganar adeptos y votantes y conseguir más presencia social. Para ello se recurre a mil estratagemas. Y las más  eficaces –al parecer- son aquellas que mejor conectan con las “pasiones de la gente”: la indignación, la ira, la envidia, el sexo. Para ello no hay escrúpulo en sacar a publicidad las miserias de los otros. El escándalo vende. La indignación moviliza. La envidia crea enemistades. El sexo encandila.

La tecnología y cultura digital no solo están afectando a nuestro mundo de comunicaciones, sino también a nuestra percepción de la realidad, a nuestra forma de pensar, de aprender, de relacionar.

La innovación digital está cambiando la cultura y las instituciones de nuestra civilización: al percibir la realidad de otra manera, comenzamos a pensar y a interactuar con los demás de manera diferente. Las instituciones sobre las que se basaba la sociedad hasta este momento comienzan a cambiar[4].

La innovación muestra las mil facetas del genio humano, de su creatividad y de su perfectibilidad. La innovación nos hace más libres en nuestras opiniones. Mejora de manera continua nuestra longevidad y la calidad de nuestras vida.

Sin “invención” no hay “innovación”

No hay innovación sin invención. Se pierde el tiempo añorando la innovación si no se aportan datos concretos de invención. La innovación no es algo que hacemos, sino algo que ya hemos estado haciendo. La innovación no surge de repente: es una meta, a la que se llega a través de invenciones. Las invenciones son los componentes de la innovación.

Cada invento debe ser evaluado, probado, y adoptado por la sociedad. Sólo después se convierte en componente de la innovación; hay también otros componentes o factores que se añaden al invento para que éste forme parte de un proceso innovador: la psicología, las comunicaciones, la educación, las tendencias, la política, la legalidad y otros más.

Fijemos ahora nuestra atención en el “invento”: ¿en qué consiste?  Lo dice la misma palabra latina de la que procede: “in-venire”, es decir, encontrar. Hay invento allí donde se encuentra aquello que hasta ahora había permanecido oculto. Hablamos, por ello, de “grandes descubrimientos”. Un inventor es una persona que descubre algo, que tiene la convicción de que la realidad esconde secretos y sorpresas, de que es grávida de fenómenos que todavía no fueron dados a luz. Las hierbas que hoy curan, estaban ahí, pero tuvieron que ser “descubiertas” por alguien. Hay soluciones, perspectivas, milagros, que todavía no han sido “descubiertos”, pero ahí están a la espera de un inventor o una inventora, de un vidente, de un profeta, de alguien capaz de ver donde otros no vemos, de organizar donde otros solo constatamos un caos. Las nuevas tecnologías no son el resultado de un descenso estelar, no proceden de otra  galaxia. Estaba aquí. Alguien las ha ido descubriendo. La red de los descubridores o inventores las ha hecho posibles. Este es uno de los aspectos mágicos y sorprendentes de nuestro mundo.

La resignación, la pereza, la falta de creatividad, la costumbre, nos llevarían a vivir miserablemente en un mundo lleno de recursos y posibilidades...

José Cristo Rey G. Paredes


Para leer el artículo completo, pincha aquí

 

Fuente: vidareligiosa.es, 03/09/2014

 

 

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