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Misión Intercongregacional en Haití

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22/02/2014

TESTIMONIOS - La opción por Haití ha sido para mí la confirmación del llamado de Dios a seguirlo, tornándome su discípula (Mateo 10,37). Esta respuesta es una invitación  a hacer el desprendimiento de  mis relaciones afectivas,  para generar nuevas relaciones y alargar nuevos vínculos. Siento que este momento de mi vida es una gran oportunidad para estar más conectada conmigo Misma, con Dios  y con los Otros.  Aún estoy al  comienzo del camino, pero voy haciendo la experiencia de salir de mi zona de comodidad  para ser don de Dios  para los demás -don para el pueblo haitiano – a través de la vivencia diaria de la ternura y de la compasión de un Dios que ama sin límite.

Como religiosa de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, deseo  extender  la presencia de Dios en la realidad en donde estoy insertada. A pesar de  los desafíos que tengo que enfrentar, me siento feliz y más misionera,  invitada a cuidar de la vida allí donde es más  amenazada.
El once de septiembre de 2012, integré al Equipo del Proyecto Misionero Intercongregacional, asumido por la Conferencia de Religiosos de Brasil (CRB), en colaboración con la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) y Caritas.

Somos Religiosas de cinco congregaciones distintas, que vinimos de diversas provincias de Brasil. Hemos sido convocadas por la mística del Éxodo.  Por esa razón y tocadas por la realidad,  abrimos los brazos  y hacemos  nuestras las palabras de Fraile Carrero: “En este  momento de la vida de Haití, la tierra prometida no es un lugar, son las personas”. Todas nosotras tenemos la oportunidad de salir de nosotras mismas. Juntas vamos dando respuesta a este proyecto de Dios por medio de la contemplación de la realidad, iluminadas por la Palabra, por el cultivo de las relaciones comunitarias y comprometidas con la vida de los pobres.
La realidad de Haití es tremendamente desafiante: el hambre, la sed, la falta de viviendas son los villanos que amenazan la vida de la gente pobre. Cuanto más me acerco al pueblo, me confirmo en mí la certeza de que este lugar es Tierra Sagrada -Galilea para el comienzo de la misión, lugar de la Vida Consagrada-.

En Haití hasta la naturaleza es agresiva. Las lluvias intensas, el calor de 40 grados y los ciclones pasan arruinando todo. Quienes más sufren las consecuencias son los pobres que viven en las montañas. También se ve constantemente  las huellas del maltrato físico hacia las niñas y niños: quemaduras con aceite caliente, moretones…etc. La población infantil sufre en el silencio y anonimato, sin poder defenderse; y la escuela es particular, es la gran reproductora de la violencia. Violencia de este tipo aquí está permitida. Hasta los religiosos y sacerdotes de escuelas católicas hacen uso de esta estrategia para poner orden en las cosas.
Un día vino, hasta el Proyecto, una niñita con la mano quemada, diciendo que fue su madre quien colocó aceite hirviendo sobre su manita; la misma fue castigada por la madre por haber comido una hamburguesa que estaba guardada para un adulto. Todos ven estas atrocidades como  normales. A mí me duele mucho presenciar  el cuerpo de los indefensos con heridas tan profundas. Cuanto más entro en la realidad, me siento más  comprometida. ¡Qué duro ver a Cristo, en estos rostros, que me aturden! El Cristo humano, aquí, no tiene un lugar para reclinar la cabeza.
La realidad clama en sus diferentes matices: ojos tristes por el duelo y por el hambre, corazones carentes de atención y amor. Una simple caricia hace que las personas se sientan legitimadas. Solamente con nuestra  presencia, como Vida Consagrada, ayuda a saciar el hambre. El olor de los pobres se va tornando nuestro perfume diario.

Vivir en Haití implica asumir la bandera de la realidad; de lo contrario, corremos el riesgo de ser colonizadores: evangelizar a los pobres y hacerlos pensar como nosotros. Es necesario cambiar constantemente los lentes, para mirar las señales invisibles del reino. Acá tenemos que ser coherentes y alimentarnos de la Palabra, si no seremos opresores e colaboradores de la exclusión. No se puede vivir  en  la superficialidad;  el contexto exige autenticidad en la vivencia de los consejos evangélicos: en la obediencia  a la realidad, en la pobreza del amor más que de comida y en la castidad que es fértil cuando  se abre para acoger a los preferidos de Dios.
Todos los días el Niño Jesús nos visita. Él se llama Cristopher. Viene a dormir en las sillas de nuestro casa, pues en la suya no tiene cama, no tiene nada. Un día hubo una tempestad y él dormía en el suelo profundamente, debido el cansancio de la noche, ya que duermen en el suelo y es picado por los insectos, pues  en su casa no tiene puerta.
Aquí conocí a Jesús así:  sin nada, golpeando a nuestra puerta y pidiendo en silencio un lugarcito para quedarse.  Sin apertura de corazón no es posible hacerlo entrar, entonces la hora de la gracia se va.
Hay un proverbio que dice. “Muita gente pequeña em lugares pequeños fazendo coisas pequeñas mudaron a fase da tierra.“

Maria Goreth Ribeiro, STJ
Hermana de la Compañía de Santa Teresa de Jesús
www.stjteresianas.pcn.net

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