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Marruecos - Vivir en las fronteras

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14/02/2014

1MarocTESTIMONIOS - Soy Begoña Arrizabalaga, nací en Ondarroa, España. En marzo de 1963 entré en el convento de las Franciscanas Misioneras de María. Tres años más tarde fui destinada a Marruecos. Cuando llegué a Rabat, me impresionó al ver nuestra casa y la escuela, y me pregunté para qué había venido. Algunos meses más tarde me enviaron a la Medina de Meknes, donde había una escuela para niños pobres. Realmente era lo que yo quería. Un día fui con una hermana libanesa a una casa realmente pobre. Me recibieron como un miembro de la familia. El dueño de la casa pidió que le trajeran agua. Se la llevaron en una lata de conserva, bebió él y me la ofreció. Antes de que me negara, la hermana que me acompañaba me dijo que no podía rehusarla. Fue mi verdadero bautismo.
 
Ocho años más tarde, fui destinada a una comunidad situada en la frontera de Argelia. Allí es donde conocí a las Hermanitas de Foucauld. Ellas vivían en tiendas de campaña con los nómadas. Su historia despertó en mí la llamada a una vida diferente, pero tuve que esperar seis años antes de realizarlo. En 1983, llegué al pie del Alto Atlas habitado por las tribus bereberes. Viví 20 años con ellos.
 
Lo que vi: contexto en el que viví

Durante todos estos años junto a ellos, he constatado el valor de la dignidad y el respeto de cada persona, de Todos: niños o personas mayores, hombres o mujeres.
 
Aprendí a no tener nada y a no necesitar nada. Con ellos viví verdaderamente la bienaventuranza de los pobres, allí me encontré con los verdaderos pobres, desprendidos de todo lo que era necesario para vivir.
 
Fui recibida por las tribus nómadas que vivían en tiendas de campaña tejidas por las mujeres, y cosidas y ensambladas por los hombres con la madera de los árboles del Gran Atlas, sin pedir nada. Aprendí que el mejor regalo es un buen hacha y un cuchillo afilado, para construir las vigas y la estructura de la tienda de campaña.
 
Eran y siguen siendo pastores de rebaños de corderos, cabras y camellos, cuyos propietarios habitaban en aldeas lejanas. No tenían cubiertas las necesidades básicas de la vida: ni vacunas ni libros de familia. Venían al hospital a morir.
 
La misión había comenzado con una de nuestras hermanas, enfermera del hospital de Midelt. Ella pensaba que teníamos que ir a vivir con ellos. Los primeros seis años vivió con una amiga de la comunidad. Ambas venían al convento de la ciudad todas las semanas, para la Eucaristía y para hacer las compras. Más tarde, otra hermana se sintió atraída por este género de vida y pidió acompañarles. Las dos han vivido con los nómadas durante seis años. Y aquí es cuando llegué yo. Nuestra hermana murió de cáncer el 11 de octubre, justo a las tres semanas de llegar yo. Nos dejó como herencia 800 familias censadas, todas numerosas, y también a muchos amigos que amaban de verdad a nuestra hermana. Era para ellos una hermana de la familia, enfermera y maestra. Alfabetizó a los jóvenes pastores más despiertos, enseñándoles a leer y a escribir. E incluso fundó allí una escuela.
 
'Qué aprendí? 'qué tuve que repensar y reemplazar?

 Aprendí a hablar una lengua, porque nadie conocía ninguno de los idiomas que yo hablaba. Su idioma era el berebere ( el tamazirt)
 
Aprendí a recoger leña, buscar el agua, hacer el pan, a lavar la ropa en el río o en el suelo en frente de la casa, con la ayuda de profesores extraordinarios que nos enseñaron cal igual que a sus hermanos, hermanas o hijas menores, con ternura, amor y afecto.
 
Aprendí que no hay necesidad de muchas cosas para vivir. Que no es necesario gastar dinero para vivir. Me sentía rica al ver que lo que creía indispensable un mes antes, mientras vivía el voto de pobreza, no lo necesitaba.
 
Aprendí a dar y a recibir. Nosotras recibimos todo de ellos cuando les vemos felices y agradecidos por todo lo que les hemos dado. En nuestra casa todo estaba resuelto. La casa estaba siempre abierta: la entrada, la cocina, el comedor y sala de espera; el dispensario a veces se convertía en sala de fiesta o en lugar de llanto.
 
Fuimos recibidas en la tribu y adoptadas por una familia. Ellos eran los menos populares de todas las tribus. Había división entre ellos. Una vez escuché a una niña de tres años que decía a su madre: “Bego me pone triste porque ella no sabe hacer el pan. Su madre no le había enseñado… ¡pobrecita!
 
A partir de lo vivido, lo que anuncio a la iglesia y al mundo

Vivir con los pobres y marginados de la sociedad, en las mismas condiciones que ellos, compartiendo todo lo que tenemos dándonos a nosotras mismas, y cómo nos evangelizan, ha sido para mí la fuerza y el ejemplo para vivir y seguir a Jesús más de cerca.
 
Dios nos ha enviado muchos mensajes a través de ellos. En los momentos difíciles los hombres nos animaban a cantar ya hablar de Dios. Tenían algo positivo que decir en los momentos más duros. Vivían la vida con humor, alegría y compasión por los pobres y los enfermos. Celebraban la vida, los nacimientos, las circuncisiones, las bodas. Celebraban la costura de la tienda, la siega, el rebaño…
 
Me ayudaron a repensar la misión. Mi misión es dar y recibir el amor y la ternura que recibo gratuitamente de Dios.


Begoña Arrizabalaga, fmm

Fuente: FMM

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