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Inequidad

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REFLEXIONES - Agustín Cabré, misionero claretiano y periodista.


Tratar este tema hoy día es continuar dentro de un esquema de injusticia que se ha dado y se da en las relaciones sociales a todo nivel. Porque la inequidad es desigualdad, una desigualdad que separa a la gente en clases y a unos les da oportunidades y a otros se las niega. No es lo mismo ser de Santiago que de regiones, ser de barrios burgueses que de barrios proletarios, haberse educado en colegios pagados o en colegios estatales, tener acceso a la salud privada o a la salud pública. No es lo mismo, en cuanto a tarjeta de  presentación, ser rubio o ser moreno, ser varón o ser mujer, ser de ciudad o ser de campo, tener ropa de marca o vestirse con lo que nos envían los gringos y que se vende en los outlet. En el mundo no es lo mismo ser del norte que ser del sur. En la iglesia no es lo mismo ser clérigo que ser laico. No es lo mismo ser católico que ser católica, porque ellos pueden tener siete sacramentos y ellas solamente seis. En la familia no es lo mismo ser niñito que ser niñita, porque a ellos se les va a consentir actitudes y modales que no se les consiente a ellas.

No estoy proclamando la atomización universal. Estoy diciendo que las lógicas diferencias a todo nivel no pueden convertirse en injusticias a todo nivel.

Porque inequidad es injusticia. Una desigualdad que ofende.

  • Generalmente se refiere a la económica. Distribución del ingreso y la brecha social que produce.
  • Pero hay otras muchas: desigualdad de oportunidades, de acceso a educación, a salud, a vivienda, a la información, existe una  centralización de recursos (regiones y centro).

Hace pocos días atrás el programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) dio a conocer la actualización del Índice de Desarrollo Humano (IDH) para 169 países. Este año, Chile se ubicó en el tercer lugar de América Latina y el Caribe, detrás de Barbados y Bahamas, y se posicionó en el número 45 a nivel internacional.

De hecho se ha subido el índice de alfabetización, esperanza de vida al nacer, ingreso per cápita (14 mil US).

Pero también es un hecho que gran parte de la población no está accediendo a los beneficios de la bonanza económica. Es por eso que el informe de este año incluyó los niveles de desigualdad como un nuevo indicador, ámbito en el que Chile presenta las mayores falencias.

Y es que de la mano del progreso también se profundizaron las brechas entre los ricos y pobres y, con ello, la distribución de las oportunidades. En este sentido, los expertos reconocen que las mejoras en los ámbitos que mide el IDH no se traducen, necesariamente, en un mayor desarrollo humano para los sectores más vulnerables de la sociedad.

Y los datos son claros. Según la última encuesta Casen, más de dos millones y medio de chilenos viven bajo la línea de la pobreza, es decir, no pueden costear una canasta básica de alimentos cuyo valor se traza actualmente en los 64 mil 200 pesos. Además, de acuerdo a las cifras entregadas por el INE, mientras el decil más pobre tiene un ingreso mensual promedio de 169 mil pesos, el decil más rico obtiene un millón 976 mil pesos. Un panorama que se manifiesta  aún más fuertemente en las regiones y zonas rurales del país.

Pero la inequidad  no solamente se manifiesta en la distribución del dinero, sino en el acceso a la cultura, en la posibilidad de una mejor calidad de vida de una persona, de una familia.

En ese aspecto, en teoría, la vida religiosa estaría más allá de esta problemática. La vida de comunidad debería asegurar un trato no discriminatorio entre sus integrantes. Todo es de todos y se accede a los bienes en igualdad de condiciones. Esto debiera ser tanto para los beneficios como para los sacrificios.

Pero esto es en teoría. En la práctica la vida religiosa también entra en el terreno de la inequidad.

Ha sido así históricamente, se ha mantenido así doctrinalmente, se ha vivido así simplemente. Pongo ejemplos:

Históricamente: en las antiguas abadías existían privilegios para los que accedían al superiorato o cargos importantes. Los otros, contaban poco. Un chiste viejo decía que el abad preguntó al hermano cocinero: ¿qué tenemos en la cena de hoy? - Bueno, para SR. tenemos entrada de verduras salteadas con crema varsoviana, una sopa de camarones, y después costillar de lechón aderezado con salsa romana. De postre, frutas tropicales. - Suena bien- dijo el Abad. ¿Y para los frailes?- Bueno para la comunidad hay sopa de ajos. -Y dijo el Abad: Ajá! Con ajo y todo los pillines!...

En las ordenes clásicas y en las congregaciones modernas se daban y se dan notables diferencias entre religiosos clérigos y religiosos laicos. En las congregaciones clericales no pueden ser superiores los llamados hermanos. En las congregaciones femeninas el asunto es peor: han habido monjas de velo negro, de velo blanco, hermanas con cíngulo azul, otras con escapulario celeste... monjas, hermanas, donadas...Todo en una verdadera escala social sorprendente por darse en una comunidad que ha jurado vivir la fraternidad.

Doctrinalmente se ha tratado de fundamentar esta situación. Incluso en las oraciones de la iglesia, en su liturgia, se mantiene la distinción que favorece a los que tienen más poder: en las misas se hace oración escalonada de mayor a menor: se ora por el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos, los diáconos... y el pueblo de Dios. El Vaticano II que hace cincuenta años atrás puso ese listado patas arriba, aún no llega a las comisiones de liturgia. La iglesia sigue siendo el papa, el episcopado, el clero, las monjas.  Todos los demás son actores secundarios. ¡Qué actores! Siguen siendo solamente espectadores.

En cuanto a la realidad hoy día, ustedes tendrán que analizarla, juzgarla y mejorarla.

 

http://www.conferre.cl

publicado: 14/09/2012

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